Alicia, es la típica madre que grita y se enoja por todo, siente que sus hijos nunca le hacen caso cuando ella les habla o les pide algo. Licha, como le dicen sus amigas, lleva una vida muy activa socialmente. A pesar de que viaja frecuentemente con su esposo, por cuestiones de trabajo, adora a sus pequeños y siempre está muy al pendiente de ellos. Alicia sufre porque grita mucho, sin embargo no lo puede evitar. Cada vez que trata con todo su corazón de dejar de gritar, sus chicos hacen alguna travesura y sus buenos deseos rápidamente se desvanecen.

Alicia se desespera porque sus hijos no le hacen caso, por lo menos no la primera vez que les pide algo de buena manera. Damián y Ariel le hacen sentir que ella es prácticamente invisible, ambos sienten que su juego, el programa de televisión o la pelea entre ellos son mucho más importantes y divertidos que las órdenes de la mamá. No la escuchan, ni le hacen caso a menos que les grite. Licha insiste que nada le funciona, por eso levanta la voz. Comienza con un par de gritos leves, pero se irrita rápidamente porque los niños no le responden inmediatamente como ella quiere; por lo que comienza a gritar en forma descontrolada como si un gallo con altavoz se apoderara de su alma, su voz y su voluntad.

Alicia siente el gran compromiso y la determinación de disciplinar y educar correctamente a sus hijos, desea formar hombres de bien pero su método no le funciona. Es imposible siempre repetir el mismo patrón y pretender lograr un resultado diferente. Alicia continuamente cae en su propia trampa: grita una y varias veces, cada vez con mayor intensidad hasta llegar al punto de que la garganta se irrita; sólo consigue que los niños se atemoricen al verla tan enfurecida, pero igualmente no le hacen caso.

Cuando llega Alfredo, su marido, después de un largo día de trabajo, encuentra a su mujer llorando, con gran desesperación y culpa por haber gritado tanto a sus hijos.

Alicia sufre mucho porque adora a sus hijos, sin embargo, sabe que cada vez está más lejos de poder dejar de gritar y que sus niños se portan cada vez peor. Si ahora que son pequeños no le hacen caso a menos que grite ¿qué va a pasar cuando sean más grandes? La comunicación es el puente de las relaciones humanas, si lo rompemos desde una corta edad ¿cómo pretendemos que se mantengan los lazos en los años verdaderamente críticos?

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Titulo de la receta

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INGREDIENTES

  • 1 paquete de Conciencia
  • 1 taza de Determinación
  • 2 cucharadas de Control
  • 1 manojo de Práctica
  • 3 gotitas de Anticipación
  • 1 cucharadita de Perspectiva

RECOMENDACIÓN DEL CHEF

MODO DE PREPARACIÓN

Un grito viene fácil, espontáneamente. Por el otro lado, el poder controlar la frustración y el enojo que provoca ese grito es un trabajo duro que no llega naturalmente. Para conseguirlo, es preciso estar conciente del daño y la magnitud de los gritos, tener una firme determinación por querer resolver la situación, controlarse y practicar constantemente. La práctica hace al maestro.

El gritar sólo provoca sentimientos negativos, evita obtener resoluciones satisfactorias y lo más triste, es que lastima y aleja a cualquier persona.

Un buen chef sabe que no es necesario gritar; sólo necesita transmitir las órdenes con claridad, convicción y dar consecuencias cuando no se respetan. Cuando el cocinero logra controlar su temperamento, impidiendo que los gritos se apoderen de su alma, además de que logra crear un clima cálido y armonioso en su cocina, invita a que las personas que lo rodean estén deseosas por probar sus platillos. Se convierte en ejemplo e inspiración digno de ser respetado.

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Prestigiosa columnista internacional en más de 10 periódicos y revistas que se publican y distribuyen desde Nueva York hasta Argentina Con su famosa columna Recetas para la Vida©. Ganadora por tres años consecutivos del premio de excelencia en periodismo del San Diego Journal Club.