Luciana, judía y católica tras la consagración en una misa: «Sabía que allí estaba Dios presente»

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Los lectores de ReL conocen bien los escritos de Luciana Rogowicz en su blog Judía & Católica, algunos de los cuales hemos recogido en nuestra sección de Opinión. En ellos expresa cómo todas las tradiciones que aprendió de niña como judía adquieren sentido en la Fe católica. Luciana, 39 años, es argentina de Buenos Aires. Ella y su esposo Juan Pablo tienen tres hijas de 11, 8 y 4 años. En esta entrevista audiovisual que transcribimos explica su camino desde su infancia y juventud judías hasta su bautismo en la Iglesia católica en 2013.

-¿Qué formación religiosa recibió en su infancia?

-Tuve una infancia muy linda. Fui criada en una familia con valores judíos, de tradición judía no religiosa. Pero sí festejábamos siempre las festividades judías en familia y con todos los rituales. No había una presencia de Dios en mi casa, no se hablaba de esos temas. Pero era una familia judía, e iba a la escuela judía y el ambiente en que me manejaba siempre era judío: el club, amigos, etc. Somos tres hermanas, yo soy la más chica de las tres.  A mí me decían que era la “más judía” de la familia porque me encantaba lo que aprendía en la escuela y lo contaba en casa.

-¿Iba a una escuela judía?

-Siempre. Allí me enseñaron la historia judía, las canciones en hebreo y la lectura del Tanaj, la Biblia hebrea.

-¿Es frecuente esa disparidad entre lo cultural y lo religioso?

-El judaísmo, más allá de una religión, es ser parte de un pueblo, de una tradición: una identidad. Contiene mucho que no tiene que ver con la religión o la creencia en Dios. Es una cuestión de pertenencia. Hay judíos que hasta son ateos, pero van a la sinagoga en ciertas festividades. Además, por supuesto, hay un montón de judíos que tienen valores religiosos muy fuertes y una constante presencia de Dios en su vida.

-¿Es importante la comunidad judía en Buenos Aires?

-En Buenos Aires hay muchos judíos. Es una comunidad grande y hay muchas sinagogas. Hay gente muy ortodoxa y otros más reformistas. A los doce años las mujeres hacen lo que se llama el Bat Mitzvá (los varones lo hacen a los trece, y se llama Bar Miztvá). Es como ingresar formalmente a la comunidad judía. La persona lee por primera vez la Torá y se hace una fiesta. Sería algo similar a la fiesta de los quince, o a la comunión o confirmación del catolicismo en el sentido espiritual.

Una ceremonia de Bar y Bat Mizvá. Foto: Wikipedia.

-¿Usted lo hizo?

-Lo hice a los doce y fue algo muy emotivo, sentí una gran presencia de Dios.

-¿Mantuvo luego esa creencia?

-Después de ese día, y luego en la secundaria, seguí yendo a una escuela judía, pero ya no era algo que yo elegía, sino algo más bien de tradición que en ese momento ya no me interesaba tanto. No dejé de sentirme judía ni me molestaba serlo, pero no era algo importante en mi vida.

-¿Qué relación tenía con el cristianismo?

-Inexistente. El mundo donde yo estaba era totalmente judío, casi no conocía gente que no fuera judía. Jamás sentí ningún tipo de discriminación, porque tampoco me rodeé de gente que no fuera judía.

-¿Qué sabía de Jesucristo?

-Sabía que había existido un Jesús que era judío, pero nada más. Me acuerdo que de chica en mi casa había una biblioteca llena de enciclopedias. Había unos tomos históricos y con imágenes y me gustaba verlos. En uno de ellos se veían las crucifixiones. Y yo lo miraba y la idea que tenía era que en un momento había unos católicos que mataron a Jesús, que era judío, y al matarlo crucificado lo hicieron católico. Y me daba miedo que me pasara algo así, porque me iba a morir católica… ¡y yo quería ser judía!

-Mucha gente modifica su actitud ante Dios en la adolescencia y la juventud. ¿Fue su caso?

-En la adolescencia no era ni un planteo el tema de Dios. En la universidad salí un poco de ese ambiente judío, y conocí también más gente cuando salía a bailar, chicos que estaban ya en la universidad. Me encantaba hablar de filosofía, de psicología, hablar del ser humano y de su relación con el mundo. Empecé a leer algo de Kant, y también el libro El mundo de Sofíapara introducirme en la filosofía, y me encantaba. Creía que había algo más, pero era un planteo más filosófico que religioso.

-¿Cómo veía la cuestión?

-Pues el primer trabajo práctico que tuve que hacer en la universidad tenía que ver con el tema de la modernidad, la ilustración y el romanticismo. Lo armé en función de que había un Dios que miraba desde afuera el mundo y cómo los hombres lo cuestionaban; cómo iban apareciendo diferentes personajes en la historia que negaban su existencia, por ejemplo Nietzsche, que decía «Dios ha muerto», y Dios se reía mirando todo esto. Pero no lo hice desde una postura creyente, sino con Dios como director de una película, que lo mira todo. No como interventor, sino como observador, como un eje para relatar toda la historia. Cuando me devolvió el trabajo, el profesor me dijo que me iba a encantar leer a San Agustín. Y por dentro pensé: «¿San? Definitivamente no es para mí”.

-¿Cuál fue su primera aproximación a la Iglesia?

-Mi contacto con el catolicismo comenzó cuando conocí a un chico, que hoy es mi marido. Comenzamos a hablar mucho por teléfono y charlábamos sobre las religiones. Yo sabía que era católico, pero no tenía ni idea de cuán religioso era. No es que en ese momento él fuera muy religioso, pero sí su familia.

-¿Y por qué lo hablaban por teléfono?

-¡Hablamos ocho meses por teléfono antes de conocernos! Yo vivía en Buenos Aires y él en Mendoza. Nunca lo planteamos como una relación sino como una amistad, así que pudimos conocernos mucho y ser sinceros siempre. Cuando hablábamos de las religiones yo le decía que no me gustaban porque separan a las personas. Que no me interesaba ese tema. Ya de novios, me acuerdo que la primera vez que entré a su casa había una imagen del Papa, crucifijos e imágenes de la Virgen.

-¿Le chocó?

-Para mí eso era totalmente ajeno, pero estaba tan enamorada que uno tiende a ver más que nada las cosas positivas, y trata de no percibir tanto las cosas que no le gustan. Por dentro pensaba: «Si mi papá viera dónde estoy…» En realidad a mí me interesaba mi novio «a pesar» de esas cosas.

-Pero, aunque ustedes fuesen judíos, en un país como Argentina no le sorprendería ver crucifijos…

-Le cuento. Cuando era chica íbamos de veraneo a Miramar, una ciudad con playa a 500 kilómetros de Buenos Aires, aproximadamente. Y alquilábamos por el verano una casa. Me acuerdo que la casa tenía crucifijos colgados detrás de la cama, y cuando llegábamos los guardábamos. Incluso me costaba tocarlos, era algo muy ajeno a nosotros.

-¿Y qué decía su novio de todo eso?

-Cuando me empezó a preguntar sobre Dios nos pusimos de acuerdo enseguida, porque no es que yo fuese atea, sino que no tenía tanta cercanía a Dios. Pero cuando él me comenzó a preguntar por el tema de Jesús, ya era otra cosa. Pasaba mis límites. No porque sintiera que me cuestionaba, sino porque era un tema que realmente no me interesaba. No quería hablar del tema.

-¿Cuál era el punto más controvertido?

-Él me planteaba: “¿Cómo algo tan importante podés dejarlo de lado? Podés no creerlo, pero está bueno que te lo plantees, que veas si es verdad o no. ¿Es o no es Jesús el Mesías judío esperado? Si es mentira, si es un falso mesías… ¡listo, ya estás tranquila que no es! Y si es, ¿qué significa eso en tu vida? ¿Cómo no te va a interesar algo tan importante? Es un judío que marcó el mundo en un antes y un después, ¿no te interesa saber qué pasó?”

-¿Qué respondía a eso?

-«No, no me interesa», le decía yo. Llegamos a un momento en el que ya no podíamos hablar del tema y por un año más o menos no lo hablamos más.

-Pero ¿no era fundamental cara a su futuro como pareja?

-Siempre charlábamos acerca de qué íbamos a hacer cuando nos casásemos, con los hijos. Con el tema religioso. Ninguno estaba dispuesto a dejar de lado su religión ni pretendía que el otro lo hiciese. ¿Cómo hacer entonces para transmitir todo a un hijo? Mi marido, en ese entonces mi novio, no tenía problemas con circuncidar a nuestros hijos. Jesús, de hecho, estaba circuncidado, de modo que no era ninguna contradicción. En cambio, para el judío, la parte de Jesús y del catolicismo aparentemente es una traición. En ese momento era como ir a un territorio prohibido.

-¿No se contempló la idea de que usted se bautizara?

-Para mí el bautismo significaba un montón de cosas. Mi marido me decía: “¡Pero si para vos que no creés es sólo agua! ¡Ni siquiera es como la circuncisión, que hay una intervención al cuerpo!” Él  no estaba dispuesto a ceder en el bautismo de los hijos: por su creencia espiritual, no por tradición. Así que lo fuimos charlando y cada uno se adaptó a las cosas que el otro no estaba dispuesto a ceder, porque ninguno quería dejar de estar con el otro.

-Y se casaron…

-Nos casamos en una sinagoga reformista, donde nos hicieron una bendición judía con todos los ritos y cantos de una celebración de casamiento. Él pidió una dispensa en la Iglesia para poder casarse así.

-¿Qué pasó cuando llegaron los hijos?

-Después de casi dos años de casados, nació nuestra primera hija. Y a los seis meses llegó el día de su bautizo. Ya lo habíamos hablado con mis padres, a quienes les costaba mucho el tema, por más que no sean personas religiosas. Creo que al estar criados en un país católico, es como que uno también se define por las cosas que no es. Estos ritos eran parte de «lo otro», no de la propia identidad.

-¿Qué hicieron finalmente?

-Mis padres eligieron ser parte de toda la vida de sus nietas y vinieron al bautismo de Sofía, nuestra primera hija. El día del bautismo de Sofía para mí fue como un momento bisagra en mi vida. Al otro día nos volvimos de Mendoza a Buenos Aires en auto, y el viaje era de once horas aproximadamente. Durante los viajes con mi esposo siempre aprovechamos para escuchar audios, conferencias, etc., y ese día él me propuso escuchar un audio que había encontrado de un judío católico de Nueva York . Yo le dije que no me interesaba: «¿Judío católico? Eso no existe. O sos judío o católico, no se puede ser las dos cosas a la vez”. Pero mi marido me insistió. Eran once horas de viaje y tampoco quería parecer tan cerrada. Además me decía que esa persona era profesor de Harvard: serio, racional… Así que accedí.

-¿De quién se trataba?

-De Roy Schoeman. Él contaba su vida como judío, su estudio con rabinos, etc. No voy a contar ahora toda su historia, pero es muy interesante. Solo una parte, que es la que me atrapó. Cuenta una experiencia mística que tuvo y lo que le decía a Dios: “Permíteme conocer tu nombre. No me importa si eres Buda y tengo que hacerme budista, no me importa si eres Apolo y tengo que convertirme en un pagano romano, no me importa si eres Krishna y tengo que convertirme en hinduista… ¡mientras que no seas Cristo y tenga que volverme cristiano!” Me identifiqué mucho con eso. Él describía que no era una conversión, sino una unión, una continuidad: el judaísmo es la promesa del envío de un Mesías y el catolicismo la celebración de esa promesa cumplida. Me pareció muy coherente lo que decía.

-¿Cómo le influyó?

-Más allá de todo lo racional, lo que me pasó en ese momento fue algo muy extraño, ya que de un segundo al otro creí en todo. Ese velo que tapaba mi visión hacia lo invisible cayó de repente y creí en todo lo que la Iglesia propone, ¡hasta en el Papa y en la Virgen María, cosas que me parecieron siempre algo muy extraño! De no querer saber nada del tema, pasé a creer absolutamente todo. Como un trasplante de cerebro. Tenía una comprensión global de toda la historia, y sabía que hasta lo que no conocía también lo creía y que era verdad. Mi marido me dijo luego: “Subiste al auto de una manera y bajaste de otra”. Fue algo de un minuto al otro, un clic en la cabeza, no fue un proceso racional.

-¿Qué pasó en días sucesivos?

-Comenzaron los cambios, pero a pasos pequeños, tratando de entender qué significaba eso en mi vida: leyendo, estudiando, contactando por e-mail con Roy Schoeman, etc. Esto me tenía congelada, porque si bien sabía la verdad, sabía que tenía que hacer algo al respecto. Jesús no solo dijo cosas muy lindas, sino que dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Habló del bautismo y muchas otras cosas. Sabía que al menos el bautismo era parte de seguirlo, algo que tenía que hacer. Pero eso implicaba contárselo a mi familia, y no estaba lista para hacerlo. Para mí era muy difícil, más allá de lo que me fueran a decir o no. Era algo que yo no podía enfrentar. El miedo me paralizó por mucho tiempo.

-¿Su marido la animaba?

-Él me decía: “¿Qué vas a hacer al respecto?” Y lo le decía a él: “¿Y qué hacés vos, que crees, al respecto?” Porque si bien él era católico, en ese momento de su vida no era practicante, ni siquiera iba a misa. Eso lo interpeló a él y lo hizo re-acercarse y ser coherente con lo que creía. ¿Cómo me podía exigir algo a mí, si él, creyendo en todo y siendo mucho más simple para él, no hacía nada al respecto?

-¿Cómo resolvieron estos dilemas?

-Hubo un momento en que me fui enfriando un poco. Mi segunda hija nació, también la bautizamos y fue mucho más fácil para mí, por supuesto. Esta vez creía que era lo correcto. Mi marido comenzó a ir todos los domingos a misa. Un día lo tuve que acompañar, no porque tuviese ganas de ir, sino porque después teníamos que ir directo a otro lado. Y allí en misa, estaba esperando que terminase, medio aburrida, mirando para cualquier lado: ni sé de qué fue el evangelio ni nada, no estaba prestando atención. En el momento de la comunión, mi marido se fue a la cola para comulgar, y ahí sentí algo que todavía no sé bien que es, pero es lo que cambió totalmente mi vida. Fue como la tirada del caballo de San Pablo. Ahí es cuando caí del caballo y entendí una nueva dimensión de la vida. Esa parte invisible, pero que existe.

-¿Qué sucedió?

-Tuve la percepción de una realidad impresionante, un amor que se filtraba a través de toda la gente, una comunión con todos. Realmente sentía que quería a todas esas personas que estaban comulgando, aunque ni las conocía. Fue algo muy fuerte, emocionante. Hasta hoy todavía no sé cómo explicarlo bien. Es como que desde ese momento se insertó un imán en el centro de mi corazón: es el eje de mi vida, que me atrae a la Eucaristía, sé que ahí está Dios presente, tengo otra percepción de las cosas. Todo, bueno o malo, tiene un sentido totalmente diferente y trascendente.

-¿Cómo se lo explicó a su esposo?

-Cuando salimos de misa estábamos caminando y le dije a mi esposo: “Sentí algo”… No sabía ni cómo explicarle. Después fuimos a almorzar con mi familia, todo fue un día normal, pero… por dentro yo estaba totalmente revolucionada, tratando de entender qué es lo que había sentido. Era algo que no podía entender. Lo único que tenía claro es que al otro día quería ir a misa. Y le dije a mi marido que al otro día me tenía que llevar a misa. No se me ocurría de ninguna manera que yo podía ir sola. Y él me miró extrañado: “¿Vos me estás diciendo a mí que vayamos a Misa? Bueno, vamos. Te acompaño”.

-¿Se repitió la experiencia?

-En el momento de la consagración, el corazón me latía a mil por hora. Era como que todo mi ser se me quería salir del cuerpo. No podía contenerlo, me salían las lágrimas sabiendo que estaba en la presencia de Dios. Que era verdad. No entendía bien por qué, no conocía nada sobre lo de la Última Cena ni la institución de la Eucaristía, pero solo sabía que allí estaba Dios presente. Por eso también me es tan increíble estudiarlo, porque es entender racionalmente lo que emocionalmente siento. Mucha gente lo aprende primero en la catequesis y luego lo experimenta. A mí me pasó al revés, sentí algo que no podía poner en palabras, y luego fui aprendiendo qué era.

-¿Siguió yendo a misa?

-Al otro día, martes, le digo: “Mi amor, acompáñame a misa”. Mi marido, sorprendido: “¿Otra vez?” Yo lo único que podía pensar en ese momento era que quería ir a misa, y cuántas horas me faltaban para ir a misa, y que llegase ese momento en el que el cura empezara con las palabras de la consagración. Me iba a dormir a la noche esperando rápido que llegase la mañana para poder ir a misa, y me levantaba ansiosa para ir. Eso era todos los días, hasta que mi marido me dijo: “Hasta acá llego. Si querés ir todos los días, andá vos”. Pero para mí era muy raro. ¿Cómo iba a ir sola a misa? ¿Cómo una judía iba a ir a misa? Si no estaba acompañando a mi marido, ¿qué excusa tenía? Así que empecé a ir sola y todo el proceso comenzó a acelerarse. Todo esto me dio la fuerza para afrontar el miedo que tenía hace tantos años, y pude hablar con mis padres, con mis hermanas, etc.

-¿Lo entendieron?

-Más allá de que no creen lo mismo que yo, me respetan. Fue un proceso donde fuimos hablando poco a poco.

-Y recibió los sacramentos…

-El mismo día recibí el sacramento del bautismo, la comunión, la confirmación y el matrimonio. Fue una cuestión muy íntima, sola con mi marido. Era para mí algo muy personal.

-¿Volvió aquella experiencia primera?

-Tuve experiencias muy cercanas a Dios. Físicamente todo eso me seguía pasando. Todavía me sigue pasando, aunque no tan frecuente. Es como una caricia de Dios. Yo sé que todo esto es por algo. Dios te da un motón de dones y también vienen con responsabilidades. Implica que algo tiene uno que hacer con eso. Dar este testimonio es parte de eso, entre otras cosas. Por eso tengo el blog Judía & Catolica, donde escribo sobre la relación que hay entre el judaísmo y el catolicismo, cómo se completan mutuamente, y encaja todo en la historia de la salvación.

-¿Tuvo algún apoyo en este proceso?

– A mí me hubiese encantado en ese momento, al principio de todo, haber encontrado a alguien cercano. Me ayudó mucho poder estar en contacto con Roy Schoeman, y fue gracias a que sabía hablar inglés. Si no, no hubiera encontrado a nadie. Ése es otro objetivo con mi blog: que me pueda contactar gente que está en ese camino, con dudas, miedos.

-¿Qué les diría?

– Que si bien este camino tiene muchos desafíos, y a veces momentos no tan simples, las satisfacciones son mucho más grandes. Es un camino muy personal. Y que ya esté pasando por esto significa que Dios ya intervino en su vida. Es Dios quien elige en qué momento le quita el velo para que pueda ver otra realidad. Yo lo pienso como cuando uno va al cine 3-D y mira la pantalla sin ponerse los anteojos que te dan. Percibes ciertas formas y colores, pero no se entiende bien lo que hay. Pero cuando te pones los anteojos para 3-D, todo se ve de otro modo: hermoso, con profundidad, definición, formas, lleno de colores, con una armonía diferente. No hay argumentos que te puedan explicar cómo se puede ver una profundidad sin esos anteojos. Pero esos anteojos te los tiene que dar Dios.