Sexo bendito

La Iglesia Católica pierde toda autoridad para seguir imponiendo su moral puritana, pero la crisis abre la posibilidad de formular una ética que, siendo compatible con el Evangelio, procure una sexualidad más placentera

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POR LOS SIGLOS de los siglos la puritana enseñanza de la Iglesia en materia sexual marcó a fuego la conciencia y el comportamiento de generaciones de hombres y mujeres allí donde la influencia del cristianismo fue importante. No es que la abstinencia o la castidad se convirtieran en la norma de conducta de esas sociedades. Basta leer algunas de las picantes historias de El Decamerón, escrito a mediados del siglo XIV, para percatarse de las costumbres licenciosas a las que se abandonaban exponentes de las distintas clases sociales, laicos o monjes y religiosas. La conquista de América por parte de aventureros españoles y portugueses se hizo bajo el signo de la cruz, pero se caracterizó no solo por la violencia ejercida contra los aborígenes, sino también por la desenfrenada actividad sexual a que se libraron los conquistadores, frailes incluidos, que aprovechaban así la falta de prejuicios de las indígenas.

Los rígidos cánones impuestos por el clero tendieron a sobrevalorar la importancia de los “pecados de la carne”. Y si bien es cierto que la pulsión sexual rompió a menudo dichas barreras lo hizo a costa de la mala conciencia de los infractores. Millones y millones arrastraron vidas traumadas por la prédica moralista, como si el Dios de los cristianos se hubiese equivocado al dotar a los humanos de una sexualidad mucho más refinada que la del resto de los animales.

Con el avance de la secularización en el mundo occidental la influencia de la Iglesia en lo tocante a la sexualidad experimentó un sustancial retroceso. Los propios fieles, que ya no eran en su gran mayoría, como había sido tradicional, campesinos analfabetos, sino personas más preparadas, comenzaron a cuestionar las exigencias impuestas por el clero. La encíclica Humanae vitae promulgada en 1968 por Pablo VI y que prohibió el uso de métodos anticonceptivos suscitó la protesta de organizaciones de matrimonios católicos, acompañada de un éxodo silencioso pero masivo de fieles. Otro botón de muestra: en un Estadio Nacional desbordante de jóvenes esa lejana noche de abril de 1987 se escuchó un estentóreo e imprevisto “no” cuando Juan Pablo II, arrebatado por el entusiasmo de su exitosa visita a Chile, preguntó a la audiencia si estaba dispuesta a renunciar al sexo y sus tentaciones.

La sucesión alucinante de escándalos de pedofilia y abuso en perjuicio de personas vulnerables protagonizados a escala mundial por centenares de clérigos católicos, algunos de muy alta jerarquía, han terminado por restar legitimidad al discurso moralista de esta Iglesia. No es posible que la clase sacerdotal haya experimentado una súbita degradación, por lo que cabe suponer que estas situaciones vienen de muy antiguo y que la única diferencia con el pasado es que ahora ellas son denunciadas y encuentran eco en los medios de comunicación y las redes sociales.

Se comprende entonces el desconcierto y hasta la santa indignación con que la opinión pública y vastos sectores de fieles católicos evalúan el categórico rechazo que la jerarquía católica mostró desde los años noventa a la promoción del preservativo. Muchos de quienes llevaban en secreto una vida de desenfreno sexual se oponían en nombre de la fe cristiana a difundir el uso de un adminículo eficaz para reducir el número de embarazos en niñas y jóvenes y contener el avance del sida y otras enfermedades de transmisión sexual. Esos mismos jerarcas condenaban a los católicos divorciados a la pena del exilio de la mesa eucarística, es decir los privaban del derecho a recibir la comunión. La doble vida de tantos integrantes de su clero resulta mucho más chocante que las advertencias demenciales difundidas durante siglos acerca de los efectos de la masturbación.

ENFOQUE ALTERNATIVO, PERO INSUFICIENTE
Comprensiblemente la voz de la Iglesia ha perdido así toda autoridad en materia de educación sexual, arrastrando en su caída a otras confesiones o tradiciones cristianas.

Algunas de estas asumieron desde hace tiempo un discurso bastante liberal, que pone el acento en la responsabilidad de cada individuo. Es un criterio clave en todos los aspectos de la vida, por ejemplo, de un luterano. ”Para nosotros”, explica un laico que acoge a los visitantes de la bella iglesia de la Santa Cruz, en la zona patrimonial de Valparaíso, “el sexo es como la inteligencia, la belleza, las dotes especiales y la riqueza que Dios nos puede haber regalado. Tenemos el desafío de decidir si los utilizamos para nuestro bien y el de nuestros semejantes o si los despilfarramos en perjuicio nuestro y de los demás”.

Ya no actúas pues en función de amenazas aterradoras ni debes aceptar la invasión abusiva de terceros en tu vida privada. Es una enseñanza que resulta más compatible con el mensaje esencial del cristianismo, ya que pone el acento en nuestra libertad y dignidad como hijos de Dios. Sin embargo, la ausencia de alusiones explícitas a la actividad sexual puede confundirse con la mantención de los tabúes sobre el tema y traducirse en el desperdicio de una estupenda oportunidad para promover una vida más plena y feliz. Al fin y al cabo Jesús declaró que El había venido para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia y el sexo es uno de los elementos clave de la existencia de los humanos.

Al cristianismo se le puede acusar de haber castrado la sexualidad de sus fieles y de las sociedades en las que ejerció determinante influencia. Sin embargo, en la mayoría de las sociedades occidentales que han conocido en las últimas décadas un acelerado y masivo proceso de secularización se observa una patética torpeza en el desafío de promover una sexualidad más sana sobre todo en las nuevas generaciones, las cuales tendrían la ventaja de crecer a salvo de prejuicios medievales. Las denuncias de atentados pedófilos se han convertido en pan de cada día, mientras nuestros jóvenes y niños son desde la más tierna edad estimulados a desarrollar su erotismo y están expuestos de manera creciente a la pornografía y a una publicidad que utiliza el sexo como herramienta de venta.

Pese a la liberalización de las costumbres, la iniciación y la actividad sexuales siguen siendo motivo de ansiedad y hasta sufrimiento para un elevado porcentaje de jóvenes. Incapaces de entablar con ellos un diálogo que integre el deseo, los afectos y el respeto a los demás, las autoridades y la mayoría de los padres terminan conformándose con promover el uso del preservativo y anticonceptivos, mientras proliferan el bullying, la violencia sexual y el recurso al alcohol, las drogas y el suicidio. Probablemente esta dificultad obedece a que su turno los padres y las autoridades han vivido una sexualidad rudimentaria e insatisfactoria.

SEXO CON AMOR Y SEXO POR PURO GUSTO
En la juventud actual conviven sin disimulo dos modalidades de relacionarse sexualmente. La primera, «sexo con amor», alude a una relación en la que los aspectos afectivos y el compromiso son relevantes y la actividad sexual es expresión de un vínculo, que aunque sin pretensiones eternas, no es despreciable, al punto que en ocasiones su ruptura provoca intenso dolor al menos a una de las partes. Está también el sexo recreacional o sin compromiso, en el que las partes tienen la honestidad de advertirse mutuamente que no se obligan a nada y que solo procuran el placer ojalá mutuo, sin perjuicio de lo cual alguna de ellas puede terminar involucrándose y sufriendo más de lo previsto.

Los que hace mucho o poco tiempo dejaron de ser jóvenes tendrán que reconocer al menos que las nuevas generaciones son menos hipócritas que sus antepasados. Por lo demás, el sexo casual y el sexo con amor no son excluyentes, sino que configuran un enfoque más flexible acerca de las relaciones de pareja y la sexualidad. Sus protagonistas pueden de esta forma llevar a cabo un aprendizaje sobre lo que son y esperan de las relaciones afectivas.

Sin inmiscuirse en la vida privada de los jóvenes ni pretender protegerlos de desengaños y penas que son inevitables en la existencia de los individuos, las iglesias cristianas podrían acompañar estos procesos formulando reflexiones de carácter general e incentivando a los involucrados a compartir con sencillez sus experiencias. Clave en tal sentido son las recomendaciones de no apresurar procesos de maduración personal necesariamente lentos y de evitar manifestaciones de escándalo ante conductas que difieran de las que conocieron las generaciones precedentes.

No se trata pues simplemente de hacer la vista gorda frente a la actividad sexual de muchas parejas de pololos o novios sin compromiso, sino de utilizar pedagógicamente tales experiencias para que los jóvenes se preparen mejor para una vida conyugal más placentera y fructífera cuando adopten la decisión de establecer una familia. Igualmente hay que evitar las posturas bobaliconas de creer que todos los jóvenes son en todo momento, dechados de autenticidad, ajenos por completo a la hipocresía y el engaño, en circunstancias de que muchos pueden igual que los adultos incurrir en prácticas abusivas contra congéneres.

Muy útil en el empeño de las iglesias cristianas renovadas por promover un nuevo enfoque sobre la vida sexual y afectiva de las parejas de su entorno son los planteamientos de especialistas como el psiquiatra chileno Ricardo Capponi. Postula el celebrado autor del libro “Felicidad sólida” la existencia de dos tipos de placeres. Los que el denomina esenciales son los que compartimos con el resto de los animales y están asociados a la satisfacción de nuestras necesidades corporales básicas, tales como la nutrición o el sexo; es decir, los que por su naturaleza nos procuran «bienes básicos». También entre los esenciales encontramos los de confort, que apuntan a placeres asociados a comodidades necesarias para la subsistencia, tales como el transporte, la vivienda, espacios seguros, etc. Finalmente, están los placeres de pertenencia, que tienen que ver con nuestra necesidad de sentirnos aceptados y admirados.

La privación de estos placeres, por algo se denominan “esenciales”, impide absolutamente a las víctimas ser felices. Sin embargo, bueno es el cilantro, pero nunca tanto. Uno vez satisfechos, el individuo debe fijar su mirada en otros placeres; si se engolosina en la búsqueda de placeres esenciales corre el peligro de caer en adicciones o de poner barreras al propio desarrollo mental. Ahí están los mediáticos casos de personajes que deben internarse en clínicas para tratar la adicción sexual.

Para evitar la trampa del encierro en los placeres esenciales es imperativo abocarse a la satisfacción de lo que Capponi denomina “placeres psíquicos”, que dicen relación con la capacidad de elaborar las emociones negativas y superar los desafíos. “La mejor herencia que podemos dejar a nuestros hijos, además de una cantidad razonable de oportunidades, es entregarles herramientas para enfrentar las emociones negativas, que necesariamente sobrevendrán. Se trata de enseñarles a no temerlas y a desarrollar vínculos que les ayuden a elaborarlas, partiendo por los propios vínculos que nosotros construimos con ellos”.

El acceso a los placeres superiores, los psíquicos, exige poner límites a la satisfacción de los placeres esenciales, actividad sexual incluida. No por un moralismo estrecho que intenta legitimarse con invocaciones religiosas, sino en pos de una vida más plena. Un desafío que las iglesias cristianas que creen en la vigencia del Evangelio no pueden seguir eludiendo. Los tiempos están maduros para asumir el sexo como una bendición de Dios.

* Aunque el autor es miembro de la Iglesia Luterana en Valparaíso sus opiniones revisten un carácter estrictamente personal