El problema de la iglesia es que los cristianos no son felices

No se lo creen (no son felices) y acuden a falsos sustitutos

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El problema fundamental de la Iglesia no es su riqueza, aunque ella es un tema  importante, en el momento actual, 2020. El problema no es tampoco un celibato más o menos impuesto  que ha podido desembocar en un espiritualismo falso o en compensaciones económicas y afectivas.

El problema no es el poder de alto clero (un vati‒kratos), entendido como dominación sacral de conciencias, sino  la falta de felicidad, de eso que el Papa Francisco llamó el Gozo del Evangelio, con claro pleonasmo, pues evangelio significa  felicidad (y si no lo es no es evangelio).

La Iglesia sólo es signo y presencia de Jesús si es felicidad, y si así se muestran (lo muestran) sus ministros, que han de ser antes que nada portadores de la bienaventuranza de Jesús, de la que trata el evangelio de este domingo (Mt 5, 1-12).

Por eso, el Vaticano sólo será un hogar cristiano si es sede de felicidad, si sus 2.000 funcionarios y “ministros” son expresión y testimonio de  fuerte y gozoso evangelio. Me da igual que sean mujeres o varones, mon‒señoras o mon‒señores, no voy a preguntar sin son homo‒ o hetero‒sexuales, pero han de ser felices en amor, desde la pobreza, capaces de compartir el sufrimiento de los demás con alegría, en mansedumbre, como quieren las tres primeras bienaventuranzas de  este día.

Este es el tema que supo ver ya F. Nietzsche hace casai siglo y medio (1883).  Desde el siglo XVIII en adelante muchos han criticado al cristianismo por injusto (Marx), otros por neurótico (Freud) o por contrario a la ciencia (Comte…). Pero la crítica más fuerte ha sido la de F. Nietzsche, Así habló Zaratustra (cap. De los sacerdotes) cuando acusa a los cristianos de infelices, han negado la felicidad, han condenado la alegría, no han sido evangelio (buena nueva), sino dis‒angelio (mala noticia):

            ¡Contemplad esas tiendas que esos sacerdotes se han construido! Iglesias llaman ellos a sus cavernas de dulzona fragancia… ¡Oh, esa luz falsa, ese aire que huele a moho!… Ellos llamaron Dios a lo que les contradecía y causaba dolor… ¡Y no supieron amar a su Dios de otro modo que clavando al hombre en la cruz! Mejores canciones tendrían que cantarme para que yo aprendiese a creer en su redentor: ¡Más redimidos tendrían que parecerme los discípulos de ese redentor! Desnudos quisiera verlos: pues únicamente la belleza debiera predicar penitencia…

            En este contexto resulta necesario volver a la raíz del evangelio, que Mt 5,1-12a ha condensado en las bienaventuranzas:

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

En un tiempo de felicidades a la carta

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           Vivimos en un momento lleno de felicidades a la carta que tienden a identificarse con el dinero (Mammón, el dios final en que culminan y se condensan todos los dioses de la historia), con propaganda de amores y salud, coches y viajes, comidas y perfumes, sexo asegurado y fama, seguridad laboral y vacaciones, con tiempo sin fin para disfrutar, como si la vida no corriera en el reloj de arena del tiempo, como si no hubiera muerte.

En este contexto se sitúan las ofertas de terapias inmediatas de felicidad mental, con libros y ejercicios de fácil auto‒ayuda, servicios eficaces pseudo‒religiosos, con cursos y cursillos de sanación asegurada…    Todo esto puede venir respaldado con el uso y abuso de estimulantes químicos, desde las recetas de una medicina fácil (¿blanda?) de pastillas hasta las drogas más duras para perderse y volar en universos de dicha siempre asegurados, a la mano. En muchos ambientes se tiene la impresión de que los hombres y mujeres han abandonado el camino de la felicidad personal, centrada en la aceptación de uno mismo y el amor gratuito a los demás, para comprar felicidades rápidas y falsas.

Muchos identifican felicidad con (poder) salir de compras, con la ilusión de adquirir y asegurar un tipo de placer inmediato con “marcas” de coches, perfumes y sexo, con mil accesorios menos necesarios de bolsos, vacaciones y bebidas estimulantes, con el espejismo de que el tener más (en línea de compra) nos dará el gozo mayor que no logramos alcanzar por nosotros mismos. De esa forma tendemos a montar en el carro más brillantes de una caravana frenética, donde el Dios‒Mammón, que es puro Tener,  ( , en Mercado de compras constantemente renovadas por las máquinas que siguen produciendo objetos e ilusiones de consumo cada vez más rápido.

Esta felicidad del consumo de Mammón estávinculada con objetos nuevos que prometen más felicidad, con templos del Mercado, propios de un mundo maravilloso, va más allá de nuestras posibilidades personales y sociales, pues somos incapaces de consumir todo lo que quisiéramos, y, por otra parte, no podemos vivir en felicidad y concordia en un mundo donde los objetos de consumo externo resultan al fin limitados. Esta felicidad del consumo divide a los hombres y los pueblos  en ricos y  pobres,pero tiende a hacer a todos infelices:

 ‒ La infelicidad de muchos ricos nace del hecho de pensar que no podrán lograr ni mantener lo suficiente.  Ésta es la angustia o neurosis propia de aquellos que, teniendo demasiadas cosas y aun pudiendo tener más en un sentido material, piensan que no les basta, o que carecen de aquello que de verdad importa, y se sienten limitados, sin recursos suficientes para alcanzar lo que de verdad desean.

‒ La infelicidad de algunos pobres nace del hecho de que, abriendo los ojos al mercado de felicidad que parecen dar las muchas las cosas, no llegan a tener lo suficiente (comida, trabajo, educación…) y emigran y buscan sin poder lograrla. Buscan así un tipo de felicidad de sociedades ricas de consumo ricas y egoístas, y chocan con el duro realismo de aquellos que se lo impiden, creando barreras y vallas para el paso y comunión de unos con otros.

Las tres primeras bienaventuranzas de Mateo

            En este momento sólo quiero que la iglesia sea hogar de felicidad… Somos como aquellos de los que habla Jesús en Mt 23, 23; andamos midiendo y colando mosquito, estableciendo diezmos extraños (no evangélicos) de ministerios machos, de con celibatos impuestos para los ministerios, con poderes litúrgico‒sacrales bien medidos… y olvidamos lo más importe de Jesús, que es la felicidad (con la fidelidad, la misericordia, la justicia.  En esa línea de felicidad comentaré hoy las tres primeras bienaventuranzas, dejando para mañana o pasado las siguientes:

1ª: Felices los pobres de Espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos  

Estos pobres de la bienaventuranza son en griego los pôkhoi, aquellos que no tienen nada,   de manera que sólo pueden subsistir por la ayuda o sostén de los demás, es decir, como mendigos. Lc 6, 20 les llamaba simplemente pobres, prometiéndoles la dicha del Reino. Mateo, en cambio, les presenta como pobres de espíritu (tô pneumati) no para negar su carencia material, sino para matizarla desde una perspectiva cristiana:

‒ Son pobres por voluntad, es decir, por decisión personal. En esa línea destaca Mt 5, 3 la bienaventuranza de aquellos que, pudiendo hacerse o vivir como ricos, asumen voluntariamente un camino de pobreza, por solidaridad, al servicio de los demás (cf. 2 Cor 8, 9; Flp 2, 6-11), como Jesús que no fue sólo pobre por condición social (artesano, trabajador desposeído), sino por opción personal, esto es, por decisión creyente: no ha querido ayudar a los pobres desde arriba o por milagro externo (como le dice el diablo de la primera tentación: Mt 4, 1-4), ni quiere “salvarles” desde su más alta autoridad externa (como Job, antes de ser derribado de su altura), sino que se ha “encarnado” (=ha vivido) en la vida de los pobres, compartiendo con ellos su historia de carencias, para iniciar una transformación social y personal, desde lo más bajo, abriendo con los carentes, la marcha el Reino de Dios.

En esa línea, Jesús ha promovido un movimiento mesiánico de solidaridad y ayuda, con y por los pobres, para expresar y ofrecer la bienaventuranza de Dios a todos, incluso a los ricos. Ciertamente, Mateo no ha negado la bienaventuranza de los pobres materiales (a quienes el Jesús de 25, 31-46 llama sus “hermanos más pequeños”), pero ha querido destacar la pobreza por opción de los creyentes que renuncian a la riqueza propia (personal o de Iglesia) a favor de los pobres, para abrir así el camino del Reino desde abajo, en comunión de vida con los excluidos personales y sociales, dentro de la Iglesia, pues en ella sólo pueden construir activamente el camino de Dios y ser felices aquellos que se hacen por voluntad pobres y hermanos de los pobres conforme a la justicia del Reino (cf. Mt 5, 20).

Ciertamente, se puedehablar de ricos que tienen espíritu pobre, de manera que, teniendo muchas riquezas, no se elevan sobre lo demás, sino que les ayudan, aunque desde arriba (como Job antes de su prueba). Pero Jesús no quiere ese tipo de ricos en su Iglesia, no quiere que existan en ella patronos ricos que asisten y ayudan a los otros desde arriba, sino que todos compartan en comunión de amor la vida, unos con todos, desde la pobreza de los más pobres.

En otra línea, esta expresión (pobres de Espíritu)podría referirse a personas que son especialmente indigentes en un plano de espíritu, en decir de conocimientos y de entendimiento. Estos serían aquellos que, en un sentido intelectual, no saben, no entienden, no logran penetrar en los “secretos” de la interpretación rabínica de la ley, siendo así como mendigos espirituales. Pero de ordinario, estos pobres de espíritu suelen ser también pobres “materiales” (mendigos, sin posesiones ni trabajo), hombres y mujeres que, en una sociedad competitiva, quedan en un plano inferior, por ser agresivos y capaces de triunfar en un plano cultural, social o psicológico.

Sea como fuere, estos pobres suelen ser también despreciados por falta de cultura, indigentes económicos, personas sin dignidad, los más pequeños, aquellos que no pueden elevarse sobre los demás imponerles su derecho, la masa de marginados, derrotados, expulsados, sin posibilidades de cambiar por fuerza la historia de los hombres, sometidos a un destino de desprecio y muerte. Pues bien, con ellos ha venido a vincularse Jesús, no para hacerles orgullosos, capaces de triunfar con violencia sobre los demás, sino para crear una humanidad distinta, fundada en la confianza y en la solidaridad. Sólo desde este principio pueden entenderse las bienaventuranzas que siguen: No habrá justicia ni paz si los hombres no asumen un camino voluntario de pobreza, es decir, de desprendimiento actito y comunicación de bienes (Mt 6, 19).

Conforme a este principio, solo se puede hablar de felicidad humana y especialmente de Iglesia allí donde se empieza situando en el centro del cuidado de la vida a los pobres, en línea de bienaventuranza. Como he dicho, al poner pobres de espíritu allí donde Lc 6, 20 decía simplemente pobres, Mateo no ha negado la bienaventuranza de la pobreza material, y así sigue hablando en su evangelio de marginados, excluidos y despreciados (cf. Mt 18, 1-14), pero él no quiere que en la Iglesia siga habiendo pobres materiales si es que hay otros que tienen bienes muy abundantes en ella, pues una iglesia donde algunos mueren de hambre mientras otras derrochan riquezas no es iglesia, ni cristiana.

Jesús habla pues de la felicidad de los pobres de cuerpo y espíritu, de bienes materiales y sociales, de aquellos que son “pobres por voluntad de entrega a los demás” con aquellos que son “pobres de espíritu” (de menos recursos y posibilidades), llamados también a ser felices. Es la felicidad de aquellos que, pudiendo enriquecerse a cosa de otros, asumen voluntariamente un camino de pobreza, por solidaridad, esto es, por servicio a los demás, como Jesús, que, pudiendo haberse puesto al lado de los ricos, se unió a los pobres, iniciando con ellos un camino de felicidad salvadora (cf. 2 Cor 8, 9; Flp 2, 6-11).  Quien quiera vivir como rico, y ayudar a los pobres solamente desde fuera (quedando siempre arriba) no será en verdad feliz, ni podrá ser cristiano en la línea de Jesús

2ª: Felices los que sufren, porque serán consolados  

  Lc 6, 21 decía hoi klaiontes nyn, los que actualmente lloran, destacando quizá más el llanto en sí, por cualquier causa que fuere, el dolor que se expresa en forma de lamentación amarga (cf. Mt 2, 18; 26, 75) o grito fuerte de hambre, enfermedad o abandono. Mateo, en cambio, dice hoi penthountes término que parece referirse más en concreto a los que saben sufrir y aún más a los que aceptan el dolor como una forma de maduración (purificación), en línea de catarsis y de ayuda a los demás, no en gesto penitencial de lamentación, sino por felicidad más honda.

 Recordemos que en el principio de la vida está el llanto y que sólo aquellos que lo asumen y que sufren pueden ser felices y constructores de felicidad. Lucas llamaba bienaventurados todos los que lloran, sin precisar la razón o forma de su llanto.  Mateo, en cambio, sin negar eso (como sabe y dice Mt 25, 31‒46), parece destacar el valor de maduración e incluso de “revolución” (catarsis) que puede tener el sufrimiento. Sólo aquellos que, quizá con miedo, saben asumir el dolor y lo asumen por dentro, como medio de maduración en felicidad pueden acompañar y ayudar a los demás, abriendo con y para ellos un camino de felicidad compartida.

Quien no sabe sufrir termina siendo un tirano de sí mismo y de los otros. Quien hace sufrir a los demás (por hambre o terror, guerra o dictadura) es un malhechor. Sólo aquellos que son capaces de aceptar un tipo de sufrimiento por acompañar a los demás podrán compartir con ellos la más honda felicidad del amor. Quien no sabe sufrir, quien no quiere perder nunca, quien no es capaz de acompañar en el dolor a los demás para compartir también la felicidad con ellos no será nunca feliz.

 En ese fondo se entiende la respuesta en pasivo de esta bienaventuranza: “Felices los que sufren, porque ellos serán consolados”, es decir, paraklêthesontai, un verbo de la misma raíz que Paráclito, el Espíritu Santo “consolador” (cf. Jn 14,16.26; 15,26; 16,7) conforme a un tema que aparece en Mt 10, 19-20 donde se asegura que el Espíritu Santo consolará a los perseguidos. No se trata pues de no sufrir, sino de sufrir en amor, para consolar a los que sufren, compartiendo así el camino de la felicidad.  Esta bienaventuranza supone no sólo que Dios consolará a los que lloran, sino los que lloran serán consolados por otros hombres y mujeres, madurando así en felicidad, es decir, en consuelo mutuo.

De la incapacidad de sufrir nace la violencia. Sólo del sufrimiento aceptado en amor y compartido y compartido con otros (consolado a los que sufren) puede nacer la verdadera felicidad.  La tradición bíblica recuerda en ese plano el clamor y llanto de los hebreos oprimidos en Egipto, a quienes Dios escuchó y liberó. En esa línea, el evangelio añade que Jesús “tomó sobre sí toda dolencia” de los hombres (Mt 8, 16‒17; cf. Is 53, 4), acompañando y curando a los enfermos. Más aún, la tradición cristiana ha interpretado la resurrección de Jesús como experiencia de felicidad más alta en medio del dolor por su muerte.

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  Ciertamente, siguen siendo bienaventurados los que lloran, por la razón que fuere, sin distinguir la forma o causa de su sufrimiento. Pero es importante insistir en el carácter de catarsis (purificación, maduración, felicidad) del dolor asumido y compartid en línea de comunión de amor. En esa línea hay que decir que sólo aquellos que saben pueden consolar a los que sufren, abriendo con y para ellos un camino de solidaridad y de consuelo, en una línea que había sido explorada desde diversas perspectivas (pero no desarrollada ni culminada) en el libro de Job.

Sigue siendo esencial la superación de un tipo de dolor físico, como quiere la medicina moderna y como hacía Jesús al curar a los enfermos. Pero una persona o sociedad que no aguanta ningún tipo de padecimiento (que no sabe sufrir ni acompaña a los que sufren, en amor) se acaba destruyendo y se consume a sí misma en línea de infelicidad. En este sentido es importante el mensaje Mt 25, 31‒45 cuando habla de “visitar a los enfermos”, esto es, a los que sufren, en gesto de amor abierto a la felicidad. No dice “estuve enfermo y me curasteis físicamente o me quitasteis el dolor”, sino y vinisteis a mí. La verdadera curación es la visita, entendida en forma de cuidado (esto es, de “episcopado”, en el sentido de cuidarse‒acompañarse unos a otros, como dice el texto griego de 25, 36).

3ª Felices los mansos porque heredarán la tierra

 Ésta bienaventuranza es nueva (sin paralelo en Lucas), y ha sido creada por Mateo o por su iglesia, fijándose de un modo especial en Jesús, pobre y manso (sin poder económico o social), que, de esa forma, ha sabido elevar y enriquecer a otros, convirtiendo su pobreza en fuente de gracia y vida para muchos. En esa línea, los mansos como Jesús actúan sin imponerse, y así ayudan a los demás desde su pobreza, como él mismo ha dicho, en palabra personal y social: «Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumados, que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón…» (Mt 11, 28-29).

En ese sentido, Jesús ha sido pretendiente mesiánico “manso” (praus), como lo muestra su entrada en Jerusalén montado en un asno, de manera no violenta, para enriquecer (curar) a la ciudad “santa” y extender en ella su programa mesiánico. Pues bien, esta bienaventuranza implica una experiencia fuerte, de tipo social y ecológico, pues sigue diciendo que los mansos (anawimheredarán la tierra (cf. Sal 37, 1) no por violencia, sino al modo de Dios: por herencia de gracia. Esta palabra (los mansos heredarán la tierra) abre una utopía de felicidad, que va en contra de los principios y métodos de guerra utilizados para dominar el mundo.

Esta bienaventuranza ecológica ha sido recogida en el programa espiritual y social del Papa Francisco en Laudato SiAlabado seas… (2015). El hombre prepotente, conquistador violento, lleva destrucción sobre la tierra. Sólo los mansos, los que renuncian al deseo de tenerlo todo y a la imposición económica, social y/o militar podrán heredar la tierra como regalo de Dios y espacio de felicidad, pues la tierra no se conquista, sino que se recibe de aquellos que nos han precedido, para regalarla y compartirla con los que nos sigan o están a nuestro lado, sin estropearla y a la postre destruirla.

La tierra que se domina y somete por fuerza se vuelve infierno de guerra y destrucción: cuanto más la dominemos más la estropeamos. Sólo los mansos podrán heredar y compartir la tierra viva de la felicidad, hermana y madre de los hombres. Los otros, los violentos, la destruyen y se destruyen a sí mismos.En esta línea se entiende la misión de Jesús, pobre y manso (sin imposición económica ni guerra), a quien la Biblia presenta como heredero de todos los bienes del mundo (cf. Hbr 1, 2), no para sí mismo, sino para todos,desde su pobreza entendida en forma de gracia y comunión con los hambrientos, enfermos y oprimidos, en gesto abierto de felicidad.

Jesús es un pobre manso, acompañando ayudando a los pobres, para así heredar y gozar la tierra,  no por superioridad militar, sino por servicio de amor. Esta bienaventuranza social de la mansedumbre retoma y replantea la experiencia radical del Antiguo Testamento, en la línea del llanto de los oprimidos en Egipto, a los que Yahvé respondió sacándoles de la esclavitud. Pues bien, la ha completado diciendo que sólo los mansos (los que renuncian a la imposición y guerra) podrán heredar la tierra, con un gesto social de profunda fidelidad a la vida.

 No se trata, pues, de luchar con desprendimiento interno (como hacía Krisna), ni de abandonar toda lucha, viviendo más allá de los deseos (como Buda), sino de vivir y amar con mansedumbre de amor, sin violencia, sin venganza, sin guerra “para así heredar la tierra”, esto es, para crear la nueva humanidad reconciliada. No se trata de ser mansos para conseguir el cielo, sino para heredar la tierra y compartirla en felicidad.

Esta palabra (los mansos heredarán la tierra) proclama una utopía de pacificación social que invierte los principios y tácticas de la guerra militar o comercial, personal o social, superando así la “ley del talión” y la promesa falsa de los que quieren poseer y dominar el mundo por violencia. Sólo aquellos que renuncien al talión (ojo por ojo, diente por diente), superando toda forma de imposición violenta y convirtiendo la tierra en regalo de amor, podrán heredarla, esto es, recibirla y compartirla en amor.  . La tierra sometida y manipulada como objeto de conquista se vuelve un infierne de guerras, que acaban destruyéndola. Cuanto más la dominemos más la aniquilamos. Sólo los mansos podrán heredarla y disfrutar la tierra en felicidad de amor; los otros, los violentos, la destruyen y se destruyen entre sí, haciendo así imposible toda felicidad.