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El problema es el coronavirus y la religión de mercado lo refuerza

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Image by Pete Linforth from Pixabay

Los anuncios del gobierno encabezado por Luis Lacalle Pou van básicamente en el sentido clásico de los creyentes en la religión de mercado: el mercado arreglará todo.

Los que más sufren las consecuencias de la pandemia son los sectores populares. En cambio, los que acaparan el capital (los sectores dominantes) logran navegar por esta tormenta de otra manera: tienen lugares de esparcimiento en sus hogares, tienen servicios de salud exclusivos, se alimentan con lo mejor y más sano (que muchas veces obtienen de sus tierras, porque son dueños de miles o de cientos de hectáreas).

La tromba de personas comprando todo lo que tenía a su alcance en las grandes superficies es un ejemplo de hasta dónde ha calado la filosofía del sistema: sálvese quien pueda y como sea. A esto hay que incorporar que en los supermercados aumentan los precios de los elementos esenciales para frenar el contagio: aumentan la avaricia y la avidez de obtener más ganancias por parte de los especuladores, nada nuevo. El gobierno no interviene, no puede hacer nada frente al dios mercado. Sería ir contra un dogma. Sería incurrir en un pecado para sus creencias.

Franz Hinkelammert (2017) relaciona al capitalismo (en su fase actual neoliberal) con los discursos religiosos conservadores. Especialmente toma algunas obras que vinculan al capitalismo con el relato del apocalipsis, y cómo estos discursos no serían contradictorios sino que estarían formando un discurso coherente. Al analizar la obra del predicador Hal Lindsey (1988), sostiene que con esta posición se propende a construir un mundo contemporáneo que vincula al proyecto del capital con una versión apocalíptica del cristianismo. De esta manera se da un ensamble entre dos religiones. La filiación de este cristianismo con el capitalismo no es exclusiva de esta religión. Cualquier otra religión (pentecostales, neopentecostales, mormones, evangelistas, umbandas, el neochamanismo, etcétera) parece quedar subsumida por la religión de mercado, que domina ante las demás creencias. El pedido de un reconocido líder religioso de continuar “cotizando” aparecido en las redes en estos días así lo demuestra, y también los trabajos religiosos a distancia.

Quienes creen y profesan una religión como la del mercado no pueden salirse de ella fácilmente.

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Está bien intentar entender lo que está pasando, de dónde vino esta pandemia, cómo se formó, de dónde sale, si fue creada en un laboratorio, si fue China, si fue Estados Unidos, si estamos viviendo una guerra bacteriológica, etcétera.1

Ese problema será un trabajo para los especialistas, los científicos, que tendrán años para investigar y quizás algún día lleguen a conocer lo que pasó (quizás nunca lo sepamos).

Estos –creemos– no son los problemas que le interesan a la mayoría de la población. Y si les interesara introducirse en estos laberintos de conspiraciones podrían estar perdiendo el tiempo, porque la mayoría de nosotros no va a tener acceso a dichas investigaciones ni a hacer nada con ellas, a lo sumo conoceremos los datos de una discusión que es inaccesible para nosotros (y que no tiene incidencia hoy).

El problema a resolver es político, y ahí sí estamos todos llamados a actuar y a participar activamente. Porque de la política depende la forma en que se resolverá esta situación en lo inmediato y en el mediano plazo (la crisis que se avecina será profunda, ¿alguien lo duda?).

Y en esto está la clave y el fundamento de expresar que el problema de fondo es la religión de mercado. ¿Por qué? Porque los sectores dominantes (que existen y todos los podemos ver) ya están sacando tajada de esta pandemia (no es un invento, vayan a los supermercados y vean, como decíamos líneas antes). Pero su accionar no termina allí. Tienen las condiciones para aprovechar esta situación y sacar provecho; están mejor organizados y tienen claros sus intereses: acumular sin importar nada más.

Los sectores populares son los que hoy ya están sufriendo esta pandemia: muchos se quedan sin ingresos, no tienen cobertura médica, no tienen seguro de paro, etcétera.

En otras épocas hubo crisis y pandemias que pueden llegar a ser similares a la propagación de esta. La más conocida (por ser parte de la historia dominante)2 es la peste negra, la que llegó del Lejano Oriente y mató a una tercera parte de la población de Europa. Según dicen los historiadores, en ese proceso los sectores dominantes de la época (señores feudales y nobles) perdieron poder. Y los que aprovecharon ese proceso de pérdida de poder de la clase dominante fueron los burgueses (comerciantes, banqueros, prestamistas), que acapararon y especularon con los precios de los productos de primera necesidad.

También hoy estos sectores son los que están aprovechando para sí la catástrofe.

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¿Cómo se sale de esta situación? Saliendo de la lógica de mercado. Si no se sale de forma profunda vendrá otra crisis que será aprovechada por el capital y la religión de mercado para que unos pocos sigan acaparando la riqueza, que además seguirá poniendo en peligro la vida misma: ese es hoy el peor escenario.

El problema de fondo es la cultura generadora de exclusión y muerte (de los seres humanos y de la propia naturaleza: los derechos de las empresas y de propiedad se colocan antes que la vida), no la propagación de un virus. Si la organización social y económica fuera otra se podría controlar de otra manera esta pandemia, y los servicios de salud y los seres humanos no serían vistos como mercancías, ni se intentaría obtener ganancias ante cualquier situación.

Como plantean Hinkelammert y Mora (2009), el ser humano debería estar en el centro de cualquier proyecto de sociedad. Por tanto, todas las decisiones que tomen los gobiernos (en este momento de crisis y en cualquier momento) deberían dirigirse con esa premisa, y no a proteger la ganancia y el capital.

Se debería desarrollar una economía para la vida, no una economía para el capital y su proyecto. “La piedra angular debería ser el ser humano como necesitado y la necesaria reproducción de sus condiciones materiales de vida” (Hinkelammert y Mora, 2009).

Hoy estamos entrando en un momento histórico que puede resultar mortal para millones de personas en todo el mundo. Y nuestro país no es ajeno a este proceso de muerte. Luego de superado este momento crítico por la propagación del virus vendrán las consecuencias económicas. Allí se deberán poner en marcha la responsabilidad y la habilidad de los ciudadanos para lograr intervenir en la historia y cambiar la dinámica existente en este mundo globalizado liderado por la estrategia del capital y la religión de mercado.

La cita con la que cerramos parece tener una vigencia meridiana: “Parafraseando a Walter Benjamin: muchas veces se ha dicho que las revoluciones son la locomotora de la historia, pero posiblemente sean algo muy diferente. Quizá las revoluciones sean, en primer término, la activación del freno de emergencia de la humanidad que está viajando en ese tren en dirección al abismo. Esta es –creemos– la revolución de la cual se trata hoy” (Hinkelammert y Mora, 2009).

Héctor Altamirano es docente de Historia. Agradezco los aportes y la lectura del grupo de estudio sobre América Latina y el Uruguay contemporáneo.

Bibliografía

Lindsey, H. (1988) [1970], La agonía del planeta tierra, Editorial Vida, Miami.

Hinkelammert, F. (2017), La crítica de la religión neoliberal del mercado y los derechos humanos, en Hinkelammert, F. (Ed), Arlekin, Costa Rica.

Hinkelammert, F. y Mora, H. (2009), Economía, sociedad y vida humana. Preludio a una segunda crítica de la economía política, Altimara, Buenos Aires.


  1. Hay quienes sostienen –con insistencia, y en estos momentos es una perspectiva seductora– que estamos asistiendo al máximo control de la población de la historia, con lo que las propuestas foucaultianas estarían de parabienes, pues habrían avanzado en el juego de acercarse a la obtención del monopolio legítimo de la interpretación de la realidad. ↩
  2. Los conquistadores europeos del siglo XVI que llegaron al “nuevo mundo” portaron epidemias y enfermedades de todo tipo (registradas en las Crónicas de Indias), pero de estas conocemos menos, pues son parte de la historia silenciada o escasamente divulgada. ↩