Muertos que vuelven

Una Colorada (vale más que cien descoloridas)

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Imagen de Free-Photos en Pixabay

2 de noviembre 2020

Una de las tradiciones más emblemáticas de nuestra nacionalidad, celebrada anualmente en escuelas, oficinas públicas o privadas, hogares humildes o de alta alcurnia, cumplió su última anualidad, ayer para quienes nos dejaron siendo niños y hoy para aquellos con los cuales tuvimos el privilegio de compartir la vida con todas las variables que esto implica; alegrías, tristezas, miedos, enfermedades, abandonos y en muy desafortunadas ocasiones, envidia, enojo, traición. Con todo lo bueno y lo malo que pueda involucrar esta tradición de origen prehispánico, en una mezcla del altar con velas y flores, lo religioso y lo pagano, el miedo y la burla a la muerte –declarada el 7 de noviembre del 2003 por la UNESCO el 7 de noviembre de 2003 “Obra maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad”- compartimos todos un mayor temor a morir en una suerte de confinamiento voluntario aun cuando comamos calaveritas de azúcar o chocolate, pan con “cráneos y huesitos” azucarados, quizá una copita de tequila –que supuestamente le gustaba al difunto- por supuesto mole, tamalitos, aguas de horchata o Jamaica y en una modernidad poco explicable, calabaza en tacha con tejocotes.

 La simbiosis, religiosa como parte del mestizaje ha resultado en cierto sincretismo especialmente en estas fechas en que si bien la grey cristiana –católicos y evangélicos- hacen de la resurrección de Jesucristo el centro de su esperanza de vida eterna, los pobladores de América, antes de la llegada de quienes se encontraron con este continente, aseguraban que existía una residencia de las almas que dejaron la existencia en la tierra, para que continuaran viviendo de manera tranquila y agradable. Los dioses benévolos, creadores de Mictlán, permitían a estas almas regresar año con año a los hogares en donde moraron para disfrutar del recuerdo de sus familiares y hasta degustar lo que les agradaba en su vida terrenal. ¿Ya pusiste tu ofrenda? ¿Eres de los religiosos que consideran herejía a esta manera de guardar la cultura histórica? Además de tus familiares que ya partieron ¿a que hombres y mujeres que impactaron en tu vida, has estado recordando desde ayer?

Más allá de la infodemia, que tiene aterrados a maravillosos seres –de la tercera edad, de la juventud y de la adultez que ha engrosado el universo de desempleados- rodeados de sentimiento contrastantes, -dolor por la pérdida, vacío derivado de la ausencia, consuelo por la memoria de los buenos recuerdos- todo ello aderezado con el colorido de la fiesta y el valor de quienes se atreven a visitarnos. En el sincretismo del siglo XXI, necesariamente recordamos a quienes consideramos que tuvieron una vida ejemplar y aunque no hayan sido canonizados por autoridad religiosa alguna, en nuestro fuero interno les consideramos santos, pues cuando menos fueron “tipos malajes y no tan guajes” que lograron vivir de regalado toda su vida.[1] ¿Cómo juntas en un solo altar a los muertos que te ayudaron a desarrollarte profesionalmente? ¿Qué tendrá que ver mis amigos de la UNAM –Jorge Carpizo, más de 40 compañeros de la generación de abogados- y hasta quien de maestro luego director de la facultad y al final fundador de una de las ONG que he tenido el privilegio de crear, me compartió mucho de su sabiduría aun al final de sus días?

Si los panteones y las iglesias no estuvieran cerrados, a lo mejor estos últimos tres días hubiera peregrinado, dejando flores y recuerdos, a mis amigos con quienes me reuní para disfrutar cada viernes último de mes, recordando la música linda de México. ¿Cómo puedo olvidar al maestro Gabriel García rojas con su guitarra y sus cigarros de dos marcas diferentes? Y por supuesto el sonido alegre de las guitarras del Ingeniero Arvelais, Rosendo Camarillo o el piano lírico de Jorgito López Santibáñez; la voz entusiasta de Marquesita Radel, Mary Ríos o María de Lourdes, son otros tantos que viven divertidos en el Mictlán o dormidos esperando la resurrección mundial por la segunda venida de Cristo cuando volveremos a encontrarnos. Que decir de la poesía de Rafael Luviano y muchos otros con quienes además compartimos puntos de vista acerca de la política –María de los Ángeles Moreno entre tantos- Olvido Tapia de Salazar Mayen, el contador don Manuel Duran Silva, Enrique Creel de la Barra, Don Armando Birlan, Luis Carbajo o los médicos[2] que a lo largo de tres décadas fueron compañeros del camino, que hicimos todos al andar, hasta construir un hospital de niños quemados y publicar las primeras investigaciones sobre la materia en este país.

Las frutas, símbolo de la riqueza natural en nuestro país, que defiende su soberanía y su identidad frente a festividades comerciales como el Halloween, fueron del gusto de más de 30 personas que he visto partir, entre ellas 5 de gran cercanía por compartir mi sangre mis pensamientos y mis ideales y que están de fiesta allá donde se encuentran, viviendo lejos de este planeta, donde parecemos empeñados en consolidar una extinción tan devastadora, como fue una que propicio el 75% de la muerte de animales –entre otros los dinosaurios- vegetales y todo aquello que hemos podido analizar con entusiasmo. Parte importante de estos avances de ciencia e historia paleontológica, ha sido de nuestra universidad mexicana y algunos investigadores, que aun sin el apoyo con el que contaban antes de la desaparición de ciertos fondos protegidos en la figura del fideicomiso, continuarán su trabajo científico que habrá de servir de base para determinar detalles de los efectos de extinción por la caída de un meteorito en las costas de Yucatán. Mientras, Usted en este día de muertos, ¡viva!, con todo su entusiasmo y buena fe, para que se cuente entre el % que tiene que reinventarse para que el planeta y su humanidad siga existiendo.

[1] El funeral de “Cleto el fufuy” de   Chava Flores.
[2] Aun cuando todos son importantes, resalto a los doctores, Salomón Malis Kaplan, Andrés de Witt, Alfonso Fernández Flores, Mariano Santiago Bravo, Edith Padrón Sólomon, Fernando Ortiz Monasterio, Eduardo Dallal Castillo y otras decenas cuya memoria seguirá manteniéndolos vivos, aun cuando no se nos permita reunirnos para comentar acerca de lo mucho que aportaron a la humanidad.