Linaje, trabajo espiritual y méritos cristianos

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Catalina de María –el nombre que adoptó a la hora de ejercer su vocación religiosa– consagró el resto de su vida a la formación de novicias, cuyo número crecía año a año. Murió el domingo de Pascua de 1896, a los 73 años de edad.

Josefa Saturnina Rodríguez –así fue bautizada– nació en Córdoba en tiempos de Juan Bautista Bustos, en 1823, en el seno de un hogar con linaje de la primera hora. Huérfana temprana, ella y sus hermanas fueron criadas por tías paternas.

De adolescente, ya se había despertado en ella la vocación religiosa: allá por 1839 participó de ejercicios espirituales durante la segunda ola jesuítica. No ingresó a las órdenes existentes –Carmelitas y Catalinas– porque eran de vida religiosa contemplativa y ella tenía otro plan para canalizar su espiritualidad.

La festejaba un viudo padre de dos hijos, coronel federal, llamado Manuel Antonio de Zavalía, quien, gracias a su obstinada perseverancia, logró desposarla en 1852. Vivieron un tiempo en Paraná, la capital de la Confederación Argentina, presidida por su primo, Santiago Derqui. Por esos años, una hija murió al nacer, lo que agregó un nuevo eslabón a su cadena de desdichas familiares.

De regreso en Córdoba, enviudó en 1865. Decidió entonces abocarse de cuerpo y alma a concretar su llamado interior, sentando las bases de una congregación de acción apostólica, aunque debió enfrentar dificultades y hasta humillaciones propias de la época.Logró superar los obstáculos y, poco más tarde, nacerían las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús. En 1874, la institución tenía ya sede y templo en Pueblo General Paz, en la calle que se llamaría David Luque, su entonces director espiritual. En ese tiempo, fue activa colaboradora de la obra evangélica del cura Brochero en Traslasierra.

Catalina de María –el nombre que adoptó a la hora de ejercer su vocación religiosa– consagró el resto de su vida a la formación de novicias, cuyo número crecía año a año. Murió el domingo de Pascua de 1896, a los 73 años de edad.

Sus méritos cristianos fueron evaluados y reconocidos por el papa Juan Pablo II, quien la designó venerable en 1997. Luego de constatar el milagro requerido por el protocolo canónigo, el papa Francisco la declaró beata de la Iglesia.

Su legado está presente en estas palabras: “Hijas mías, os recomiendo la paz, la obediencia y la santa caridad”.

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