A dos décadas de su muerte, los olvidados de México no olvidan al padre “Chinchachoma”

Este escolapio convirtió la capital del país en el campo de su mayores anhelos: sacar a los niños más pobres del abandono; curar sus heridas, darles un hogar

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i hoy a un niño de la calle –en México hay cerca de 13.000— se le pregunta si conoce a “Chinchachoma”, seguramente dirá que no. Pero si se hace la misma pregunta a uno que vivía en la calle hace veinte, treinta o cuarenta años, lo más seguro es que diga que sí, que se acuerda muy bien de él, que lo extraña mucho.

Y es que este sacerdote escolapio, nacido en Barcelona (1935) y bautizado con el nombre de Alejandro (García Durán y Conde de Lara), que trabajó en Cataluña y en Bogotá antes de llegar a México en 1970, convirtió la capital del país en el campo de su mayores anhelos: sacar a los niños más pobres del abandono; curar sus heridas, darles un hogar.

Poco o nada ortodoxo, se hizo uno de ellos, de los niños y jóvenes de la calle que vagaban anónimos y desesperados en una de las ciudades más grandes (y caóticas) del mundo: la Ciudad de México. Tanto así que lo bautizaron por segunda vez con el que sería su nombre de batalla:”Chinchachoma”: “Cabeza Calva”, en el caló de los marginados.

Si bien le había comentado, cuando era niño, a su hermano Adolfo (también escolapio) que quería ayudar a los pobres siendo sacerdote, no fue sino hasta 1971, recién llegado a Ciudad de México, cuando descubrió el camino. El “disparador” fue la golpiza que un policía capitalino daba a un jovencito que se drogaba en la calle.

Sin calcular costos e, incluso, sin contar con el apoyo de su congregación religiosa (quien lo regresó a España en 1975, sin éxito), “Chinchachoma” se comprometió con los niños que encontraba primero a la casa de los escolapios, después, viviendo con ellos en la Correccional de Ciudad de México y aprendiendo su lenguaje, sus formas de enfrentar la marginación, sus heridas.

A partir de vivir “dentro”, el sacerdote escolapio se hizo uno de ellos. Inventó o, más bien, implementó como Dios le dio a entender un método: el método afectivo-psicológico que él llamaba “parir el yo de la persona”, mediante el cual le daba afecto incondicional al niño o adolescente en situación de calle, y lo hacía reflexionar acerca de su vida y situación personal.

Con base en esto mismo “método” o sistema de rehabilitación de las drogas, “Chinchachoma” se castigaba él mismo cada vez que un menor de edad se drogaba, en vez de castigar al menor de edad, a fin de que el dolor que él sufría “pariera el yo” del menor y se sintiera amado.

Cientos de anécdotas han sido reveladas tanto por los menores como por sus múltiples biógrafos. Una de ellas cuenta que al hacer una visita al hogar que había habilitado el sacerdote acompañado de bienhechores, alguno de éstos se acercó para saludar a un niño de la calle y lo que recibió fueron golpes.

“Chinchachoma” de inmediato se quitó el cinturón y comenzó a golpearse a sí mismo. El niño se abrazó llorando al sacerdote y cuando le preguntaron por qué había reaccionado así, el chiquillo “parió el yo”, explicando que estaba lleno de rencor porque había sido abusado sexualmente en su casa, quizá por su padres o su padrastro.

Ya conocido, “Chinchachoma” fundó en 1979 Hogares Providencia, una institución que sigue funcionando en muchas otras partes de México, sostenida por bienhechores, voluntarios y sacerdotes de diversas órdenes religiosas. En estas casas de acogida los «tíos» y las «tías» cuidan a los menores, mientras que «Chinchachoma» era su «papá», su padre espiritual.

Miles de menores han pasado por estas casas y se han convertido en hombres y mujeres de bien. Él alcanzo a fundar 18 “hogares entregados a la Providencia divina; llegaron a ser 21 en todo el país, y actualmente sobreviven diez. “Chinchachoma” falleció de un infarto el 8 de julio de 1999, estando en Bogotá, Colombia.