Un muy querido hermano me llamó hace unos meses:

–¿Qué piensas sobre la vacuna?

Le expliqué las razones de mi posición. Me replicó que creía que no nos debíamos vacunar, con argumentos que había leído en internet y en grupos de whatsapp. Y me dijo:

–Tú, como médico, entiendes más que yo de este tema, pero si escuchas lo que dicen estos y aquellos, te entran muchas dudas.

 

No fue fácil explicarle que, para saber de qué hablamos en esta cuestión, es necesario tener una formación, porque si no podremos asumir como ciertas auténticas barbaridades sin siquiera darnos cuenta, o confundirnos con verdades parciales inadecuadamente articuladas que llevan a conclusiones definitivamente erróneas.

–Toda mi familia se ha vacunado; no permitiría que se vacunasen si tuviese la más mínima duda; yo me he vacunado; lo mismo te recomiendo que hagas tú– terminé por decirle, como argumento definitivo de mi segura posición.

No volví a saber de él hasta ayer. Está ingresado en la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos), intubado, entre la vida y la muerte, por COVID-19.

Había decidido no escribir sobre el tema, aburrido de tanta necedad, de tanto “entendido” que opina de lo que no entiende, hablando de ARN sin saber lo que es el ARN, de virus sin saber lo que es un virus, de tanto incauto que bebe acríticamente las proclamas de algunos científicos que bien harían en debatir sus posiciones en entornos académicos, en vez de ventilar sus opiniones en las redes, sabiendo que sus lectores no están en condiciones de entender mínimamente los fundamentos de lo que se debate y, por tanto, son muy fácilmente manipulables o pueden llegar a conclusiones disparatadas.

Por mi trabajo sé que los médicos tenemos la batalla de la comunicación perdida, que cualquier listillo sin titulación académica puede, por ejemplo, extender en internet majaderías sobre alimentación firmando como “experto en nutrición” y que nos cuesta mucho más a nosotros convencer a un paciente de la racionalidad de un plan dietético.

Había, por tanto, decidido callar, convencido de que algunos de mis hermanos evangélicos me harán menos caso a mí que a los gurús de las redes sociales; había decidido no escribir más, asombrado de que tantos evangélicos confundan tan torpemente la negativa a vacunarse con la defensa de libertades fundamentales. En mi desesperanza había decidido callar para no avivar debates inútiles sobre la vacuna, para los que no tengo tiempo ni ganas, pero la noticia de mi querido hermano me ha explotado encima y me ha obligado a escribir. ¡Basta ya! ¡Basta ya! ¡Dejemos de especular con la vacuna!

 

Ayer también una querida hermana me agarró del cuello por teléfono desde el otro lado del Atlántico y me dijo: “¡Tienes que escribir!” Lo hago, pero no voy a argumentar más, estoy cansado de defender lo obvio, lo que el Señor nos pone delante de las narices y no queremos ver; sólo pido que no se dejen cegar, hermanos, que abran los ojos sin prejuicio a la realidad constatable: En España –como en muchos otros países– la incidencia de infectados y la tasa de mortalidad han caído dramáticamente sólo desde que se extendió la vacunación, y desde entonces, aún en los repuntes la tasa de mortalidad en los nuevos infectados ha caído drásticamente. Por favor, ¡Vacúnense!

Especular sobre la vacuna sale gratis, tragarnos historias fantásticas bellamente articuladas “llevados por doquiera de todo viento de doctrina” (Ef 4.14) parece que no hace daño a nadie, pero mi querido hermano que ya no puede hablar está clamando a gritos desde la UCI que especular sobre la vacuna puede matar.