“Lo que pretendo es dar algo de luz sobre tres temas, que se mencionan frecuentemente con motivo de lo que, según se dice, ha ocurrido con este obispo, sea cual sea la responsabilidad que el prelado ha tenido en este episodio”

“Empeñarse en seguir manteniendo lo del demonio, los exorcistas y sus exorcismos no es nada más que la torpeza y la mentira con la que se engañaban los “babilonios” de varios siglos antes de Cristo. Y con lo que mucha gente de ahora se sigue engañando”
“No quiero hablar del dinero que le sacan algunos exorcistas a los ingenuos y pacientes que pagan lo que les piden por un servicio presuntamente religioso, que sólo sirve para engrosar los bolsillos del exorcista”

“Hacer sufrir con la única finalidad de que la víctima sufra y sin esperanza o posibilidad de solución, eso no puede brotar sino de una maldad absoluta, que es incompatible con la bondad absoluta de Dios. Por tanto, o infierno o Dios”
08.09.2021 José María Castillo

Ante todo, una advertencia. No voy a hablar aquí del obispo de Solsona y su comportamiento. Lo que pretendo es dar algo de luz sobre tres temas, que se mencionan frecuentemente con motivo de lo que, según se dice, ha ocurrido con este obispo, sea cual sea la responsabilidad que el prelado ha tenido en este episodio. En esto, me atengo a las dos excelentes cartas que han publicado los teólogos J. I. González Faus y X. Pikaza. Y sin más preámbulos, entro directamente en la explicación más elemental de lo que aquí quiero dejar claro.

DEMONIO
En relación con la conducta (verdadera o falsa) del obispo de Solsona, los medios de comunicación hablan, con frecuencia, del “demonio”, de “lo satánico”, y de los remedios que se suelen usar para expulsar a los demonios. Remedios que normalmente son los “exorcismos” y quienes los administran, los “exorcistas”. Como es lógico, toda esta terminología y su contenido dependen de la religión y su lenguaje.

Pues bien, hoy está bien demostrado que el “demonio” – y todo lo relativo a “lo demoniaco” – no provienen de la revelación de Dios al pueblo de Israel. Todo eso del “demonio” y “lo satánico” se introdujeron en la religión bíblica durante el destierro de los israelitas en Babilonia. Tanto lo del “demonio” como lo de los “ángeles” aparecen como poderes espirituales que son poderes dañinos o prestan auxilio, que intervienen en el pueblo para bien o castigo por sus buenos o malos comportamientos. Los estudios, que se han hecho sobre este asunto, son abundantes y muy bien documentados (cf. O. Böcher, en Diccionario Exegético del N. T., vol. I, 815-824). Empeñarse en seguir manteniendo lo del demonio, los exorcistas y sus exorcismos no es nada más que la torpeza y la mentira con la que se engañaban los “babilonios” de varios siglos antes de Cristo. Y con lo que mucha gente de ahora se sigue engañando.

Es verdad que el Código de Derecho Canónico dedica un canon (1172) a los exorcismos, que se consideran como un “sacramental”, un ritual piadoso. Pero nada más que eso. Que ni pertenece a la fe cristiana. Ni hay por qué creer en semejante ceremonia. Ni me explico por qué, ni para qué, hay dirigentes en la Iglesia que se empeñan en mantener al demonio vivo y coleando. Y aquí me detengo. Porque no quiero hablar del dinero que le sacan algunos exorcistas a los ingenuos y pacientes que pagan lo que les piden por un servicio presuntamente religioso, que sólo sirve para engrosar los bolsillos del exorcista.

INFIERNO
¿Existe el infierno? No existe ninguna “Definición Dogmática”, del Magisterio de la Iglesia, que haya afirmado que es un “Dogma de Fe” la existencia del infierno. No existe ninguna “definición dogmática”, en el Magisterio de la Iglesia, sobre este asunto. Los documentos más importantes sobre la posible existencia del infierno son una Constitución de Benedicto XII, del año 1334 (Denz. – Hünn. 1002). Y la afirmación genérica del concilio de Florencia (Denz. – Hünn., 1306), que repite lo ya dicho por Benedicto XII. Lo que el Magisterio enseña es que “las almas de los que mueren en pecado mortal se condenan”. Pero en ningún documento oficial de la Iglesia se ha definido que alguien haya muerto en pecado mortal. Por la sencilla razón de que nadie puede afirmar (y menos, definir) que alguien (ni Judas) haya muerto en pecado mortal. La Iglesia no puede definir eso. Por tanto, no puede definir la existencia del infierno.

Pero hay algo más en todo este asunto. Defender la existencia del infierno sería y representaría un ataque directo a Dios. ¿Por qué? Muy sencillo: el infierno es, por definición, un “castigo”. Ahora bien, el criterio humano más elemental nos dice que un “castigo” no puede ser un “fin” o un “objetivo”. Un “castigo” es – y será – siempre un “medio”, para obtener un fin ulterior: la educación de un niño, la corrección de un delincuente, mantener el orden en la sociedad y los derechos de los ciudadanos, etc. Hacer sufrir con la única finalidad de que la víctima sufra y sin esperanza o posibilidad de solución, eso no puede brotar sino de una maldad absoluta, que es incompatible con la bondad absoluta de Dios. Por tanto, o infierno o Dios.

NOTA: De la homosexualidad diré, en otra entrada, lo que me parece más acertado y pertinente en este momento.