¿A qué se refiere, exactamente, ese enigmático pasaje del evangelio, que afirma que no podemos servir a Dios y al dinero? ¿Significa, como lo han sostenido algunos canallas y calumniadores sin escrúpulos (viles lobos en pieles de pastor) que, si cultivo una lechuga en mi propio jardín y oso intercambiarla con mi vecino (de forma consensual y pacífica) ya sea por un libro, por un poco de leche o tal vez por una simple moneda, soy un vil genocida y un ecocida, lógicamente merecedor del fuego eterno? ¿Significa, entonces, que, si recibo una sola moneda como justa retribución al productivo sudor de mi frente, no estoy siendo diligente ni enemigo de la pereza, sino que estoy adorando nada menos que al mismísimo príncipe de las tinieblas y merezco, de manera consecuente, irme directito al infierno y sin escalas?

Por supuesto que no.

En el contexto sociopolítico en el que los cuatro evangelios fueron escritos, el servir a un amo implicaba, forzosamente, exclusividad absoluta de servicio hacia el mismo. No existía el concepto moderno del freelancer o el famoso outsourcing, en el que incluso ya es posible, gracias a la muerte del esclavismo y al eventual surgimiento de las libertades de mercado, que un solitario individuo se transforme en una especie de empresa y logre servir a varios “amos” (clientes) tanto de manera exitosa, como simultánea.

De ahí la validez de la profundísima parábola referente a la imposibilidad de servir a dos amos a la vez, es decir, a dos amos esclavizantes, que exigen absoluta y exclusiva fidelidad en relación con nuestra servidumbre y nuestro tiempo.

¿Pero acaso Dios es celoso justo en ese sentido? ¿Nuestro Padre, infinitamente misericordioso, nos quiere como esclavos y no como sus hijos? O, desde otra perspectiva, si amo a Dios, ¿entonces ya no puedo o ya no debo amar a nada ni a nadie más, en absoluto?

Nuevamente, no.

En pocas palabras, si amamos a Dios por encima de todo y con todas las fuerzas de nuestra alma, podemos seguir amando a objetos y/o a sujetos secundarios, siempre y cuando el puesto de honor, aquella cúspide y/o máxima jerarquía en el interior de nuestro corazón, esté exclusivamente reservada para Aquel que merece todo honor y toda gloria.

Y lo anterior es en extremo sencillo de comprobar, pues basta con recordar las palabras del propio Mesías, con las que nos afirma que nuestra primera obligación es amar a Dios, en efecto, pero la segunda es nada menos que amarnos a nosotros mismos y, como consecuencia de ello, amar al prójimo nada menos que como a nosotros mismos (aquí, por cierto, tenemos, dentro del segundo mandamiento cristiano, dos conceptos de suma importancia: 1.- Podemos amar a Dios y también al prójimo, es decir, ambos amores no sólo no son excluyentes el uno del otro, sino que son perfectamente complementarios entre sí. Y: 2.- En cuanto el Cristo afirma que al prójimo se le debe amar como a uno mismo, está quedando perfectamente implícito en dicho mandato que debemos, precisamente, amarnos a nosotros mismos y, justo de esa misma elevada manera que ya lo hacemos para con nosotros mismos, también lo hagamos para con nuestros semejantes).

Por lo tanto, el no servir al dinero no es sinónimo de odiar al dinero, sino tan sólo de no adorarlo ni idolatrarlo (es decir, de no amarlo más que a Dios). En pocas palabras, nuestro amor por el dinero (o por cualquier otra cosa o persona que no sea el Dios verdadero y eterno) puede existir, siempre y cuando sea enteramente secundario en relación con el más sublime y cimero de nuestros amores, sitio sagrado que no debe destinarse a nadie ni a nada, sino exclusiva y únicamente hacia Dios y sólo hacia Él.

Por lo tanto, todo amor secundario (ya sea hacia cosas tan relativamente banales como la belleza, el dinero, el poder, el conocimiento, la comida, el sexo, pero incluso también hacia nuestros propios hijos, nuestro cónyuge, el prójimo y hasta hacia nosotros mismos) debe encontrarse siempre adecuadamente subordinado a nuestro cimero amor hacia Dios.

La prohibición, entonces, consiste en que jamás cometamos el inmenso error de elevar nuestros otros amores a semejantes e insuperables alturas (es decir, convertir a los demás objetos o sujetos de nuestros afectos, en nuestro amor más importante de todos), lo que ahora sí, y sin lugar a dudas, nos conduciría a la perdición más absoluta e irremediable.

Así que no sólo no estamos obligados a odiar al dinero, sino que es enteramente moral y legítimo, ante los ojos de Dios, incluso que lo amemos, la cuestión es que lo apreciemos justo como debemos hacerlo, es decir, que no lo convirtamos nunca, ni a él ni a nada ni a nadie, en nuestro propio becerro de oro, lo que se logra profesando un amor por el dinero o por quién sea o por lo que sea, muy por debajo de nuestro amor por el prójimo, así como, a su vez, que también amemos a este último (e incluso a nosotros mismos) muy por debajo de lo que amamos a Dios y a su divina ley y eterna justicia.