«La creación no es sagrada. No podemos rezar a lo que no es Dios», afirma el teólogo George Woodall

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«Todo pecado es contra Dios y, en este caso, es contra la naturaleza humana, contra el prójimo. La naturaleza sub-humana repercute en la naturaleza humana. Negar, disminuir u ocultar la verdadera diferencia entre el ser humano y cualquier otro elemento de la creación no sólo es un error grave, sino que es también una violación de la fe«. El moralista George John Woodall explica a Luisella Scrosati en La Nuova Bussola Quotidiana que los llamados «pecados ecológicos» «deben comprenderse de la manera correcta».

El padre Woodall, de 69 años, es inglés de nacimiento. Estudió pedagogía en la Universidad de Manchester. Fue ordenado sacerdote en 1982 y es canonista por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.

Durante las sesiones informativas del Sínodo para la Amazonia de estos días, algunas intervenciones han solicitado prestar mayor atención a los llamados pecados ecológicos. Le hemos pedido al sacerdote George John Woodall, profesor de Teología Moral en el Pontificio Ateneo Regina Apostolorum de Roma, alguna aclaración al respecto.

-Profesor Woodall, tradicionalmente los pecados se diferencian entre pecados contra Dios, la primera tabla del Decálogo, y pecados contra el prójimo, la segunda tabla del Decálogo. Irónicamente, los «pecados ecológicos», ¿serían la tercera tabla de la ley?

-Las dos tablas del Decálogo, preceptos de amor que nos dicen cómo vivir la Alianza con Dios, siguen siendo esas y son suficientes. El séptimo y el décimo precepto tenía en origen el significado de no secuestrar a las personas, pero pronto se convirtió en un problema de bienes terrenales porque quien no tiene nada de qué vivir corre el riesgo de morir, o de vivir por debajo de un nivel digno, a causa del descuido y el egoísmo de los demás. He querido hacer esta aclaración para decir que los dos mandamientos que atañen a «las cosas» tienen que considerarse siempre en relación con el prójimo, y son el espejo de nuestro amor hacia Dios. Me parece que los llamados «pecados ecológicos» hay que comprenderlos de un modo correcto: si explotamos los bienes de la tierra, desperdiciando los recursos destinados para el bien de todos, entonces estamos perjudicando al prójimo, tanto en lo que atañe al presente como al futuro: es el concepto de «justicia intergeneracional» presente en la Caritas in Veritate.

-De lo que usted dice surge un primer aspecto: el discurso ecológico se comprende éticamente sólo si está centrado en el hombre. En el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2010, Benedicto XVI resaltaba el riesgo de malinterpretación de un ecologismo que elimina la diferencia entre el hombre y la  naturaleza. Comprender el pecado ecológico como un pecado contra la naturaleza y no contra el prójimo, ¿no conlleva precisamente este riesgo?

-Todo pecado es, en primer lugar, contra Dios y, en este caso, es contra la naturaleza humana, contra el prójimo. La naturaleza sub-humana repercute en la naturaleza humana. Negar, disminuir u ocultar la verdadera diferencia entre el ser humano y cualquier otro elemento de la creación no sólo es un error grave, sino que es también una violación de la fe. La Biblia es clarísima respecto a esta distinción. También Santo Tomás se pregunta si es lícito matar a cualquier ser viviente y responde claramente que el mundo sub-humano es entregado al hombre para sus necesidades; no debe explotarlo de manera irresponsable, ni tiene que ser cruel con los animales, pero puede utilizarlos. Negar esto es una violación de la fe.

-El discurso sobre la ecología dentro de la Doctrina Social de la Iglesia tiene que confrontarse, inevitablemente, con una mentalidad que considera al hombre resultado del azar o de un determinismo evolutivo. ¿No se está corriendo el riesgo de crear un cortocircuito evolutivo cuando, para custodiar la creación, se avalan las posiciones de personajes y movimientos que parten de supuestos de este tipo?

-Es un gran riesgo, y a distintos niveles. Varios filósofos sostienen la pretensión de que el ser humano no es otra cosa que un animal; del mismo modo, atribuyen el concepto de persona a los animales, a los que les atribuyen derechos. Por otra parte, sostienen la licitud de la eliminación del ser humano a través, por ejemplo, del aborto. No estamos hablando de un pensamiento marginal, sino de una posición cada vez más difundida, explícita e influyente. Hay que decirlo claramente: los animales no tienen derechos. Y, al mismo tiempo, se tiene que afirmar que tenemos responsabilidades hacia los animales, porque son parte de la creación de Dios. Los animales, por ejemplo, son seres sensibles, que sienten placer y dolor; al reconocer en ellos esta naturaleza, que les fue dada por el Creador, no nos está permitido ser crueles o explotarlos de manera insensata. Podemos, en cambio, utilizarlos en la medida de lo necesario.

-Existe otro problema, puesto en evidencia por la Caritas in Veritate: el panteísmo.

-Exacto. La creación no es sagrada, a no ser en el sentido de una realidad creada por Dios. Nosotros no podemos adorar lo que no es Dios, no podemos rezar a lo que no es Dios. Esto es idolatría. En la Epístola a los Romanos, Pablo afirma haber sido «escogido para el Evangelio de Dios» (1, 1) y se refiere a «su Hijo, nacido de la estirpe de David según la carne, constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de santidad por la resurrección de entre los muertos: Jesucristo nuestro Señor» (1, 3-4). Y denuncia a quienes «alardeando de sabios», resultaron ser necios, porque «cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles» (1, 22-23). Y a los Corintios les dice que si nuestra fe atañe sólo a este mundo, entonces nuestra predicación no tiene valor y somos unos estafadores. No debemos caer ni en la idolatría, aunque fuera de forma sutil, ni en el sincretismo, que son errores gravísimos. Otra cuestión es respetar a todos los que aún no son cristianos, dialogando con ellos, pero siempre basándose en lo que es verdad, no en lo que es falso.

-Existe la tentación de sustituir la evangelización por una acción que responda a las necesidades intramundanas del hombre.

-No soy un experto, pero me parece que en algunas partes del mundo el horizontalismo ha superado la dimensión trascendente. Y no me sorprende que en esas zonas escaseen las vocaciones sacerdotales, mientras en cambio algunas sectas pentecostales consiguen llevar a cabo algunos progresos. Si no se habla de la vida del espíritu, de la trascendencia de Dios, de las realidades escatológicas, ¿por qué renunciar a una vida «normal» para vivir el sacerdocio?

-Hace unos días, el Huffington Post publicaba algunas anotaciones que Benedicto XVI había escrito mientras preparaba la encíclica Caritas in Veritate, resaltando que la enseñanza de la Iglesia sobre la justicia social «es ética (normativa)». Está claro que en la medida en que la doctrina social se pronuncia sobre la justa (y, por ende, sobre la injusta) relación del hombre con Dios y con el prójimo, resulta normativa. Sin embargo, hay que recordar que el propio Benedicto XVI, en el mismo Mensaje para la Jornada de la Paz de 2010, había pedido evitar «entrar a valorar las soluciones técnicas específicas».

-La competencia del Magisterio concierne a la fe para impedir cualquier tipo de animismo, sincretismo e idolatría y, después, a la esfera moral. El criterio fundamental, que Juan Pablo II ya había evidenciado, sobre todo en la Centesimus Annus (1991), es que la primera responsabilidad ecológica es la que atañe a la vida humana y la familia. Benedicto XVI lo había ratificado en la Caritas in Veritate. Me causa gran disgusto que recientemente se haya utilizado la expresión «desarrollo sostenible» de Jeffrey Sachs, que apoya una ideología neomalthusiana, según la cual hay que reducir la natalidad, también con la anticoncepción, porque la amenaza es la sobrepoblación. La Iglesia debe abrir los ojos y darse cuenta de estas amenazas ideológicas para no comprometer sus afirmaciones.

«Menor fertilidad: una sabia inversión», artículo de Jeffrey Sachs en el Scientific American. El creador del concepto de «desarrollo sostenible» lo explicó en el Vaticano en 2015.

»En lo que respecta el uso del plástico, la contaminación de los océanos, etc., debemos decir que hay amenazas evidentes para el ambiente y, por lo tanto, para el ser humano. La Iglesia tiene, en este sentido, todo el derecho de elevar su voz. Sin embargo, las soluciones técnicas no le corresponden al Magisterio, incluso en el caso de que hubiera un Papa que fuera un científico eminente. Una cosa es la norma moral positiva (cuidar el ambiente por el bien del hombre) y la negativa (no desperdiciar los recursos, no contaminar), y otra la modalidad concreta según la cual esto debe llevarse a cabo, que depende de las variables técnicas, económicas, etc., concretas. A  la luz de las normas morales del Magisterio, las últimas son competencia de los laicos, según su vocación y sus capacidades y competencias científicas.

-Es cuestión de prudencia, de sobriedad.

-Ciertamente. El discurso es complejo. Por ejemplo, los padres con recursos limitados tienen, ante todo, que ocuparse de las necesidades de sus hijos y esto puede conllevar la adquisición de productos que tienen un precio más reducido pero que no siempre son «ecológicos». Es necesaria la prudencia, que es la que valora las circunstancias concretas. Es cierto que el Magisterio no tiene competencia científica y tecnológica, pero nos ayuda a comprender que somos custodios de la creación y nos da indicaciones generales en este sentido.

-A veces uno tiene la impresión de que el problema de la explotación de los recursos, del respeto a la naturaleza, debe ser resuelto dando «marcha atrás», o frenando el desarrollo.

-No debemos dar «marcha atrás», sino que debemos comprender el concepto de desarrollo integral que Benedicto XVI profundizó y que el Papa Francisco ha retomado. Fue el Vaticano II quien centró la cuestión de la distinción entre lo que un hombre tiene y lo que un hombre es: el ser precede al tener, y es jerárquicamente superior al tener. De por sí, tener más, aunque puede ser necesario para el desarrollo integral, no garantiza un desarrollo humano auténtico.

-Tampoco tener menos…

-Tampoco tener menos. La cuestión es el desarrollo de todas las dimensiones del ser humano, incluida la espiritual, sobre todo dentro de la familia en la que la persona nace y crece.

-La cultura es un elemento clave para el desarrollo humano. Cuanto más avanza la cultura del hombre, liberándose de desviaciones y errores, más sana es su relación con la economía y el ambiente.

-Juan Pablo II indicó diferencias importantes. Hay cultura y cultura: existe la cultura de la vida y existe la cultura de la muerte. No todo es bueno en las distintas culturas; es absolutamente cierto que es necesario ver las virtudes presentes en cada una de ellas, sin prejuicios, pero es necesario también criticar esos aspectos que faltan o que son pecaminosos, y que están en todas partes.

-Es lo que la Iglesia siempre ha intentado hacer.

-Evangelizar la cultura significa purificarla. Juan Pablo II, en la Sollicitudo Rei Socialis, escribió con claridad que la cuestión del desarrollo es fundamentalmente cultural y moral. Por ejemplo, las personas analfabetas están desprovistas de las posibilidades concretas de promover su desarrollo y dependen totalmente de los demás para todo, por lo que existe el riesgo de explotación. He aquí la importancia de la educación, del acceso a la cultura, pero siempre teniendo presente la diferencia entre la cultura buena, válida, moralmente justa y la de la muerte y el pecado.

-Y aquí se comprende aún más la importancia de la evangelización, sin la cual faltan un «punto de observación» y los criterios para juzgar una cultura.

-Exacto. Es el pilar de todo el discurso. En todas estas cuestiones, el criterio del bien y del mal es decisivo, y lo comprendemos cada vez más profundamente a la luz de la Revelación. El desarrollo que ignora o descarta la dimensión transcendental del hombre es un falso desarrollo.

-Claramente, el hombre necesita el ambiente, pero también es verdad que el ambiente necesita al hombre: la naturaleza, en sí, no es perfecta.

-Por desgracia existe esta ideología, pero es totalmente insensata. La naturaleza en sí misma puede ser terrible; cuando los científicos dan lo mejor de sí, se puede llegar a un control de la naturaleza que permite prevenir inundaciones, limitar los daños de un terremoto, impedir epidemias. Sin esta actividad del hombre, la naturaleza puede convertirse en una madrastra y no tendríamos la posibilidad de protegernos. No existen paraísos en la tierra, ni siquiera paraísos ecológicos.

Traducido por Elena Faccia Serrano.