El enojo del Papa Francisco.

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Enojarse es de humanos pero cuando lo hace alguien con una investidura especial, o con un cargo especial, las cosas se complican un poco.

Hace unos días, el 31 de diciembre de 2019, luego de la última misa del año, el Papa Francisco se enojó visiblemente cuando una mujer le tomó con fuerza del brazo mientras él se encontraba saludando a los feligreses congregados en la Plaza de San Pedro.

Un día después, el primero de enero [de dos mil veinte], el pontífice pidió perdón durante el rezo del Angelus:

“Muchas veces perdemos la paciencia. También yo.
Pido perdón por el mal ejemplo de ayer”

Papa Francisco, enero 1 de 2020, Ciudad del Vaticano

Las opiniones, luego del incidente y después de su disculpa, dividió a fieles y extraños ya que mientras unos hablan de que la reacción de Bergoglio es natural ante la feligrés imprudente, otros le tachan de intolerante.

¿Cuál es la lectura correcta?

No la hay como tal. Podemos decir, con total objetividad, que la reacción del pontífice es natural. La mujer le toma por sorpresa, no lo suelta (bloqueando su recorrido) e incluso podríamos decir le lastima pero, por otro lado, en el vídeo no vemos a Jorge Mario Bergoglio sino al personaje [por llamarle de algún modo] que en ese momento representa: el Papa.

Y del obispo de Roma esperamos todo menos una reacción violenta o poco amorosa.

Así pues, el hecho tiene esas dos aristas particulares: la respuesta humana y el deber ser dentro del papado. Y es aquí dónde todo se complica.

Con eso en mente, Bergoglio no actúo incorrectamente, hizo lo que quizá muchos de nosotros haríamos en una situación similar.

¿Y el Papa hizo lo adecuado?

Evidentemente no, y es por ello el motivo de su disculpa un día después. Perdió la paciencia, dio un mal ejemplo… pero en la misma frase, leemos la clave de todo: también yo [pierdo la paciencia].

¿Qué mensaje manda?

Le dice a los fieles que él es humano, que él, aunque ejerce el ministerio petrino, no pierde su calidad de hombre y que, por ende, está lleno de errores y reacciones humanas. Así pues, la fe de los creyentes no puede recaer en el Papa.

Claramente a los católicos no les gusta ver a su pontífice enojado o con gestos poco amigables pero ya va siendo hora de que los fieles maduren en su fe al punto de verle sí, como el líder de la Iglesia católica pero sin un halo elitista.

Imagen | @Catholic Sat