“No ha de parecer extraño que el Papa Francisco haya puesto pie en pared para detener y revertir un proceso que se estaba conduciendo justo en la dirección contraria a la que se pretendió en su momento”
“Será siempre un equilibrio difícil mantener unos ritos en los que los cristianos “de toda lengua, raza y condición” puedan reconocerse y a la vez mantener una celebración que no sea vista como un elemento ajeno, colonial e impuesto”
“El deseo de celebrar una liturgia más próxima a nuestra sensibilidad no supone negar la validez del resto de las celebraciones, ni convertir la celebración en un punto de apoyo para la palanca con la que se pretende fracturar la unidad de la Iglesia”

Cuando pienso en el Motu Proprio “Traditiones Custodes” del Papa Francisco me viene a la memoria, en una interesante asociación de ideas, el libro Meditación sobre la eucaristía[1] de Lorenzo Trujillo.

En este texto, los autores nos introducen en la reflexión de la eucaristía a partir do. tres cuestiones (la presencia, el sacrificio y la comunión) que, a su vez han generado en la Iglesia tres grandes crisis. La primera (el problema de la presencia) se resolvió en la escolástica, y provocó un cambio de nomenclatura que dura hasta hoy, incluyendo la palabra transustanciación. La segunda crisis, la referida a la concepción de la eucaristía como sacrificio, negada por los autores de la Reforma, supuso para las iglesias evangélicas la pérdida de una buena parte de la dimensión sacramental de la vida cristiana[2]

Pero el motivo de la asociación está en la tercera cuestión, la eucaristía como comunión, y en la tercera crisis, la nuestra. Porque, como la mayoría de los lectores se habrán dado cuenta, el problema no está en un misal u otro, el problema está en la comunión de la iglesia, como iglesia única bajo el cuidado de sus legítimos pastores.

Nuestra vivencia cotidiana de la eucaristía está marcada por esa tensión entre celebrar la única eucaristía que reúne a la única iglesia en torno al pan único y partido, y, a la vez, el intento, cabría decir tentación, de convertir la misa en expresión de mi propia identidad diferente de la de otros, cuando no contra otros.

Esta tensión tiene múltiples derivadas. Una de ellas está en la cuestión de la inculturación, que tiene en la liturgia uno de sus elementos claves. Será siempre un equilibrio difícil mantener unos ritos en los que los cristianos “de toda lengua, raza y condición” puedan reconocerse y a la vez mantener una celebración que no sea vista como un elemento ajeno, colonial e impuesto.

También en la pastoral cotidiana, donde, a pesar de no estar ya tan de moda, no pocas veces se cae en la tentación de hacer una misa de jóvenes, o de niños, o de Primeras Comuniones en las que todo parece girar en torno a los supuestos protagonistas del evento, convirtiendo la celebración en expresión de nuestras propias inquietudes y deseos, celebrándonos más a nosotros mismos que a Cristo.

Misas en latín, ¿el final?

Misas en latín, ¿el final?

Otra derivada, no exenta de conflicto, se encuentra en aquellos nuevos movimientos y comunidades que han hecho de la liturgia un elemento identitario. En muchas ocasiones no son necesarios más de unos segundos para detectar que estamos ante una misa de los Kikos, o de los Carismáticos o del Opus Dei.

La Jerarquía de la Iglesia se ha mostrado tradicionalmente benévola con este tipo de digresiones, aceptando que la universalidad solo es posible con altas dosis de flexibilidad. Así, además del reconocimiento de los distintos ritos históricos (como p. ej. Mozárabe), cuyo uso suele ser bastante restringido, y de ritos regionales antiguos o modernos, acepta incluso pequeñas variaciones autorizadas para las misas con grupos particulares. Todas estas variaciones permiten ver que la unidad no es exactamente uniformidad y que la máxima atribuida a S. Agustín (En lo necesario, unidad, en lo accesorio, libertad, en todo, caridad) es el mejor instrumento de la comunión.

Sin embargo, en todo hay límites, tanto cualitativos, como cuantitativos. En todos los ejemplos que hemos puesto, el deseo de celebrar una liturgia más próxima a nuestra sensibilidad no supone negar la validez del resto de las celebraciones, ni convertir la celebración en un punto de apoyo para la palanca con la que se pretende fracturar la unidad de la Iglesia.

Si atendemos a las razones expuestas en la carta explicativa que acompaña al motu proprio “Traditiones Custodes”, ambos límites parecen haberse superado abundantemente en el caso que nos ocupa. La durísima expresión de la carta: «Es cada vez más evidente en las palabras y actitudes de muchos que existe una estrecha relación entre la elección de las celebraciones según los libros litúrgicos anteriores al Concilio Vaticano II y el rechazo de la Iglesia y sus instituciones en nombre de lo que consideran la “verdadera Iglesia”» denuncia la existencia, por parte de algunos, de un uso del misal de S. Pio V, no tanto porque se ajuste más a su sensibilidad y les permita participar más activamente, sino como un modo de negar la validez de la reforma litúrgica del Vaticano II, y yendo un poco más allá, como mecanismo para constituirse como una “verdadera” iglesia, frente a la Única iglesia. Como es común en la historia de la Iglesia, las posiciones heréticas no se muestran tanto en lo que afirman como en lo que niegan.

Misa en latín de Juan Manuel Martínez

Misa en latín de Juan Manuel Martínez

No ha de parecer extraño que el Papa Francisco haya puesto pie en pared para detener y revertir un proceso que se estaba conduciendo justo en la dirección contraria a la que se pretendió en su momento. Como bien expresa el Papa en su carta, la autorización con carácter excepcional del uso del misal de S. Pío V en la eucaristía tenía por objeto remover cualquier obstáculo para que aquellos que habían sido seducidos por las posiciones de Monseñor Lefebvre pudieran volver al seno de la Iglesia sin obligarles a participar en un rito con el que no estaban familiarizados y que no conectaba son su sensibilidad. Esta autorización fue pensada como un nuevo periodo de transición para quienes llevaban un cuarto de siglo de retraso en la recepción del Concilio Vaticano II.

 En la misma línea, podemos interpretar las disposiciones de Benedicto XVI, que abordaba ya un problema intraeclesial e intentaba, como en tantas ocasiones han hecho los papas, dar respaldo a aquellos fieles que no encuentran suficientemente atendidas sus “justas aspiraciones” por parte de sus respectivos obispos.

Lo que ahora está en juego es si tales aspiraciones eran siempre tan justas y si los peligros que en 2007 se veían infundados (puesta en duda de la autoridad del Vaticano II y división de las comunidades), no son ahora más reales de lo que entonces se pensaba. Como estamos ante una discusión “de hecho”, solo la observación atenta de la realidad nos dará la respuesta.

 Por lo pronto, Francisco refuerza la autoridad de los obispos para que vigilen de cerca si dichos peligros son reales en cada caso concreto

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[1] Lorenzo Trujillo Díaz; Francisco José López Sáez, Meditación sobre la Eucaristía, Salamanca (sígueme) 2008

[2] Sobre esta cuestión puede leerse con fruto la obra de Menke, Sacramentalidad, esencia y llaga del catolicismo, Madrid (BAC) 2014

[3] Especialmente contundentes en este sentido son los artículos 2 y 3 del motu proprio